|
LA
POETICA DE RILKE EN SUS PROPIOS TEXTOS
Por
Oscar Portela
Si
sólo en imágenes habita el hombre, en el espíritu,
que ata al hombre a la totalidad, se hallará también
lo salvador. La mirada del poeta deberá ser de tal modo que
pudiera ver aún en lo terrible y en apariencia sólo
repulsivo lo que Es, y que también tiene importancia con
todo el resto de lo existente. "Así como no se admite
elección alguna, tampoco se permite al creador que se aparte
de ningún ser existente: un solo rechazo - afirma R. M. Rilke,
y es menester escucharlo sobre todo hoy -, en cualquier momento
lo arroja del estado de gracia, y lo convierte irremediablemente
en pecador (“Cartas a Cézanne") y también
enfatiza: “Acostarse con un leproso y compartir con él
todo el calor de uno mismo hasta la calidez del corazón en
las noches de amor: es necesario que eso haya sucedido alguna vez
en la vida de un artista como superación hacia una nueva
beatitud".
Esta
beatitud es una nueva manera de comunión entre hombre y mundo,
no un relegarse místico en las entrañas de un absoluto
allende el habla y las apariencias. “Ah, canta ditirámbicamente
Rilke -, nosotros contamos los años, y hacemos divisiones
aquí y allá; acabamos y comenzamos y vacilamos entre
lo uno y lo otro. Pero hasta qué punto es uno todo lo que
nos sucede, cuánta relación hay entre una cosa y otra;
surge y crece, y va hacia sí misma, y nosotros en el fondo
sólo tenemos que estar aquí, pero simplemente, pero
con empeño, como la tierra que consiente las estaciones,
clara y oscura, y totalmente inserta en el espacio, no anhelando
descansar sino en la red de los influjos y fuerzas en que las estrellas
se sienten seguras" (Cartas a Cézanne).
Y
así llegamos a ver en la muerte no la duplicidad ontológica
que mancha todo ente y la percepción de todo lo real, sino
"el lado de la vida que no se halla vuelto hacia nosotros y
que nosotros no iluminamos"; es preciso - insiste Rilke en
una carta al conde von Hulewicsz -, que tratemos de realizar la
mayor conciencia de nuestro existir, que se halla en los dos ilimitados
dominios y se nutre inagotablemente de ambos. La verdadera forma
de la vida, y la sangre del más amplio circuito, corre a
través de ambos; no hay un más acá ni un más
allá, sino la gran unidad, en la cual los seres que nos rebasan,
los “ángeles”, encuéntranse en su morada.
Y ahora, la posibilidad del problema del amor en este mundo, ampliado
así por su más importante mitad, total al fin y a
salvo".
En
otra parte concluye Rilke esta afirmación: “Fortalecer
la confianza en la muerte desde las más hondas alegrías
y magnificencias de la vida y a la misma muerte, que nunca fue algo
extraño, y ajena, hacerla de nuevo como a la callada cosavedora
de todo lo que vive, más reconocible y palpable": (“Epistolario
Español”).
Y
ya en el vislumbre de la total unidad donde todo instante conlleva
en sí la impronta de lo eterno porque pertenece a la totalidad
del Ser, Rilke escribe: "Este ligero estar ahí de un
hombre, de un viviente, sobre la cara de la muerte, es como el hechizo
de aquel poema griego en que dos amantes intercambian sus vestidos,
y así confundidos y trasmutados se abrazan cada uno en la
envoltura y en el calor del otro". (“Epistolario Español").
Suprimidos
los dualismos de la diferencia ontológica, preparados para
recibir a los muertos que viven en nosotros, podemos también
advertir: “tensa y animosa, sin prisa, la estrella cayendo
a través del espacio de la noche, era como si cayera al mismo
tiempo a través de mi interior”, y en otra parte escribe
también: “la llamada de un pájaro, sobre la
cual yo tuve que cerrar los ojos, son simultáneamente en
mí y fuera de mí como en un espacio único e
indiferenciado" ... Al fin, encontramos el alma de Orfeo, padre
del poema, origen de lo invisible que se encarna y rehuye eternamente
lo visible. El, es el Dios de la transformación y su canto
(el canto del poeta) es la reunión de todo lo que ES.
Por
eso pudo Rilke escribir en los “Sonetos Orfeos": "Canto
es existencia". El canto es la fuerza pura que atrae todo ente
en pos de sí, hasta la noche del desamparo sagrado; así
lo afirma Heidegger cuando dice: "El canto ni siquiera necesita
imitar lo que hay que decir. El canto es el pertenecer al todo de
la recepción pura. El cantor es atraído por la corriente
del viento del inaudito medio de la naturaleza plena. El canto es
él mismo: "Un viento" (Sendas perdidas - Trad.
Rovira Armengol). Rilke es, en este sentido, el único poeta
órfico de nuestra edad. Orfeo representa la necesidad de
que todas las cosas desaparezcan: “¿No es demasiado
si el vaso de rosas a veces sobrevive? / ¡Oh! ¿Cómo
no comprenden que le es preciso desaparecer?" (V S. de Orfeo).
Mas; “por encima del cambio y del movimiento / más
vasto y más libre / perdura aún tu preludio. Dios
que empuñas la lira”.
El
ángel donde se opera la transformación de lo visible
en invisible es vástago del Dios de la lira, que fundió
en su canto redentor los reinos de Dionisos y Apolo; lo invisible
e inmensurable y el ámbito mesurable, que hace al aparecer
de cada ente en su ser. La lira de Orfeo es la música del
Dios que hace mover los mundos; el canto, es la ley más profunda
de todo lo que existe. Orfeo es de este modo, el poeta de lo abierto
en donde el divorcio contra todo lo que es, queda superado en la
“reminiscencia inversora", donde la muerte es: "'La
ley ("gesetz"), así como la sierra ("gerbirge”)
es la unión de las montañas (“berge") es
el conjunto de su estructura”: (Heidegger - Sendas perdidas).
No
puede dejarse de lado la afirmación de Blanchot de que Orfeo
convierte el movimiento de morir en movimiento infinito y posibilidad
infinita de seguir muriendo en el interior de lo que es, por lo
cual se regresa eternamente desde el no ser al ser. Por fin el hombre
se ha convertido en pastor y guardián del ser contra el elaborar
objético y su medida; la caducidad de todo ente y de todo
el mundo sujeto a la representación y a la conjunción
de lo “realizable del elaborar y lo objético del mundo”.
(Heidegger).
"Para
nosotros -dice Rilke-, es grande ser flor". Su itinerario se
remonta constantemente a las faldas del monte Kaukaión. Como
Orfeo, Rilke, va en busca del amor (Eros es más antiguo que
cualquier otra divinidad) y por él cruzó de lo visible
a lo invisible: “Tal como somos nosotros, los fugitivos, pasamos
sin embargo, por entre las fuerzas perdurables para cumplir un cometido
divino”; también para salvar al todo de la noche del
mundo (el corto día de la técnica) acudió a
la revelación de la palabra poética que es cura por
la luz: Orfeo o Arpha: de "aquel que cura por la luz”
(Edouard Schure); hablar así es ya una transparencia gloriosa,
dice Blanchot en "El espacio literario”.
Como
Orfeo, Rílke se convirtió en su propio canto, haciendo
de la naturaleza la trascendencia misma, la unión de todas
las cosas en el país de los hiperbóreos y el camino
que conduce al templo de Delfos: “Almendros en flor, la única
tarea que podemos realizar aquí es la de / reconocernos,
sin el menor resto de duda / en la manifestación de lo terrenal".
(Epistolario Español).
A
partir de Holderlin, de Rilke, de Nietzsche, es posible pensar hoy
el significado de esta frase: “No hay nada nuevo bajo el sol
sino lo antiguo en el inagotable poder de metamorfosis de lo inicial
. . .“La historia es acontecer (advenimiento) (ankuft) de
aquello que no ha dejado de ser, y nada sino esto, viene a nosotros":
(Heidegger -Principios del pensamiento.).
Sólo
por ello podemos nosotros cantar con Rilke en medio del corto día
de la técnica: "La existencia aún reserva encantos;
en cien lugares está todavía en sus comienzos / un
juego de fuerzas puras / y a las cuales nadie toca a menos que se
arrodille y venere”. (XX - S. a Orfeo).
La
veneración del poeta sólo se dice celebrando; la celebración
del poeta, es el fundamento de un originario acordar, tomar medida
de lo que es (el ente), la celebración es el cofundamento
que recibe el mundo en cuanto tal y su correspondiente hábitat;
la celebración es el corresponder del hombre a la libertad
como fundamento; es el libre claro de lo abierto en donde luz y
sombra juguetean libremente recreando de este modo, eternamente,
el mito y la génesis del poetizar y devolviendo al hombre,
el cetro de una nobleza verdadera: el antiguo poder de desaparecer
para que lo invisible y lo visible, el tiempo y la eternidad, se
funden en la belleza de una rosa. La misma, por supuesto, del epitafio
de Rainer María Rilke, por todos conocido.
|