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Luisa
Mercedes Levinson
o
Las Potencias del Mito
Prologo
Por María del Carmen Suárez
Interpretar
lo interpretado. Un desafío que vuelve a movilizar los códigos
de la obra literaria de Luisa Mercedes Levinson a través
de este brillante trabajo de Oscar Portela. La búsqueda de
la unidad en la polaridad es sustento de la narrativa de esta autora
que transita antiguos mitos como apoyatura para el desarrollo de
sus ficciones. El mito, su potencia, que al decir de George Steiner
"desde el Renacimiento ningún período se ha preocupado
y se ha dirigido con mayor insistencia a la naturaleza de lo mítico
que el nuestro", es así que asevera que el estudio descriptivo
y analítico de los mitos y la indagación de las funciones
de lo mitológico en la conciencia humana y en las instituciones
sociales asumieron ellos mismos una configuración mítica.
Oscar Portela indaga lúcidamente en los libros de Luisa Mercedes
Levinson, en esa idea de la integración de los contrarios
y la repetición, y cuando alude a Heidegger, en cuanto e
que no existe más porfiado enemigo del pensar que la razón,
"en ese vacío desierto de la razón ", (Hegel),
arriba a que el dualismo, los opuestos irreconciliables, verdad-error,
bien-mal, dios-demonio, sustentan todavía el andamiaje en
que se mueve el pensamiento occidental. Y profundo conocedor de
la narrativa de Luisa Mercedes Levinson, sabe de la insistencia
de la autora, en acudir a mitos en los cuales se diluye la diferenciación
para arribar a esa Nada que es el "aishop" de los cabalistas,
el Tao de los chinos, la vieja paradoja de que en la nada está
la plenitud.
Oscar Portela escribe :
"estar sentado en la dicha del desgarramiento, donde la nada
es la posibilidad de alumbramiento", y agrega, "los mitos
son uno y el mismo, vueltos a repetir ahora y convertidos en obsesión
a lo largo de casi cincuenta años de actividad creadora".
Porque Luisa Mercedes Levinson trabajó en esas aguas profundas,
hasta acercarse a lo no diferenciado, pues su percepción
la llevaba más allá, como acertadamente vislumbra
Portela cuando afirma, "no se trata de un retorno mitologizante
hacia un pasado irrevocable".
Y menos de una posible recuperación de lo ancestral , sino
de la posibilidad de fabular, en que el pasado o lo no sucedido
de éste subviene a la voluntad creadora de mundos":
cita en la que sigue fielmente el espíritu de Klossowski.
El acierto de este ensayo reside en la captación de la parodia
a través de toda la obra de la autora, la cual, partiendo
del mito del Andrógino, de Edipo o Lilith , los diluye en
lo burlesco, en la parodia, haciéndolos devenir en poesía.
En el capitulo "El problema del mal, Dualismo y Monismo",
Portela vuelve a la obsesión de la escritora, que consiste
en encontrar en el entramado del texto, la revelación, la
redención, la unidad en el todo. Citamos a Portela:
"Por un lado Luisa Mercedes Levinson se inclina hacia un monismo
en el cual se borran falsamente todas las diferencias, hacia una
unidad anterior a la "diferencia" entre ser y ente...
y por el otro, al permitir encontrar la constitución maravillosa
del tejido de la escritura reconoce la imposibilidad del nombre
único".
El escritor ausculta todos los polos que se tensan hasta el estallido,
registra los escondrijos y túneles, los misterios del sexo
y el erotismo sagrado, que irradian los textos de esta extraordinaria
escritora autora argentina.
Intérprete apasionado y agudo lector también se sumerge
en lo no-dicho y sale a la superficie con su idea de "son los
contrarios que coexistiendo hacen la unidad de la que proviene el
hombre el hombre".
En su libro de poemas "Senderos en el Bosque", Oscar Portela
ya preanunciaba un camino de similitudes en la búsqueda del
sentido mediante mitos velados por la luminosidad poética
escribiendo :
"Y abierta repetición del agua en un cuerpo sobre otro"
o "nunca sabrás el origen del canto pero hallarás
el canto del origen".
De ahí la fascinación por la obra de Luisa Mercedes
Levinson, quien también horadó en la cantera del mito,
tratando de encontrar el signo o la sombra del signo. Como respondiendo
al poeta, ella escribió en el "Último Zelofonte":
"la realización de un sueño se interpone al otro
sueño llamado realidad" o "se acerca el momento
de hacer eterno lo mortal".
Es este un texto abierto, de espirales ascendentes, que iluminan
la obra de Luisa Mercedes Levinson, con un viraje hacia el centro
de su creación, de su estética peculiar, que la llevaba
del absurdo carnavalesco, al más alto riesgo poético,
el de bucear , tal como escribiera en "Las tejedoras sin hombres":
"Intentar el gran sueño, la unión total, y mientras
los dos persisten, ensañados para alcanzarlo, son el monstruo
nuevo, con dos cuerpos todavía, pero con una sola desesperación
que vuela más alto que el mástil, más hondo
que el río, al ritmo salvaje de la tempestad".
Este excelente ensayo de Oscar Portela, cuya obra ensayística
- filosófica, sigue creciendo, a la par que su obra poética,
- y paradójicamente nutre a aquella, permaneciendo casi desconocida
-, incita a seguir develando los enigmas, las diversas pistas, que
desde su textualidad, Luisa Mercedes Levinson nos ha dejado para
siempre, como medio de interpretar el sentido de este viaje insondeable:
una obra, que incomprendida en su país, espera aún
su tiempo, que será el del Adviento, que ella esperó
en su vida, y encarnó en su obra, como pocos escritores argentinos
lo hicieron.
Buenos Aires, Octubre de 1996.
LUISA
MERCEDES LEVINSON O LAS POTENCIAS DEL MITO
A Ricardo
Mosquera Eastman
(El único Gualterio Mendiburu
y de las Casas que conocí)
EL
MITO Y EL LOGOS
En
su obra tardía "¿Qué significa pensar"?,
dice Martín Heidegger. "En manera alguna es verdad lo
que opina la historia de la filosofía común y corriente,
que mito y logos entran en oposición por culpa de la filosofía
como tal: antes bien son precisamente los primeros pensadores de
los griegos (Parmenides, frag. 8) quienes usan mitos y logos con
un mismo significado.
"Mitos y logos se separan y oponen recién allí
donde ni el mito ni el logos pueden mantenerse en su ser primigenio".
Pero que significa logos y por lo tanto mito allí donde ambos
mientan lo mismo? Heidegger lo aclara fundamentalmente en la "Introducción
a la metafísica". Dice allí, "es la reunión
constante, la totalidad reunida y en sí estante del ente,
es decir el ser". Más abajo indica: "el ser entendido
como Logos, es reunión originaria y no amontonamiento y mezcla..."
y concluye en otro lugar: "La reunión jamás es
confusión. Lo que atiende a la separación y oposición
se mantiene dentro de una correspondencia" ... "No disuelve
lo así nominado en una vacía falta de contrastes,
sino que los conserva en el supremo rigor de su tensión,
a partir de la conciliación de lo que aspira a oponerse".
¿Pero qué es lo que desde siempre se opone en la unidad
originaria donde logos y mito dicen lo mismo? En su obra preliminar.
"El origen de la obra de arte", Heidegger explica la superior
unidad y correspondencia en la que verdad y belleza dicen lo mismo:
"La verdad es la verdad del ser. La belleza no ocurre al lado
de esta verdad. Cuando la verdad se pone en la obra se manifiesta.
El manifestarse es, como este ser de la verdad en la obra y como
obra, la belleza".
De ahí que Rilke dijera: "porqué la belleza no
es sino el nacimiento de lo terrible: un algo que nosotros podemos
admirar y soportar tan solo en la medida en que adviene, desdeñoso,
a existir sin destruirnos". Terrible es por cierto la lucha
en que se alumbra la medida. De ahí que Heidegger recalque
la diferencia entre el concepto moderno de belleza aquel con el
cual los griegos pensaron originariamente la palabra verdad: en
"¿Qué es metafísica?" Heidegger dice:
"Lo que los griegos pensaban con la palabra belleza" es
la acción de refrenar": y luego: "La reunión
de lo que en forma suprema aspira a oponerse, es lucha, entendida
como el mencionado ponerse -uno - fuera - del otro".
Pero en esencia, ¿qué es aquello que en la lucha por
alumbrar la medida (esto es: el ser que esencia en forma de verdad,
belleza y logos) se contrapone? En la citada obra sobre "El
origen de la obra de arte", Heidegger explica: "La verdad
existe solo como la lucha entre alumbramiento y ocultamiento, en
la interacción, de mundo y tierra". Y en una exégesis
sin parangón en el pensamiento contemporáneo continúa:
"El mundo naciente saca a luz y lo aún sin medida y
así la oculta necesidad de la medida y la decisión.
Pero al abrirse el mundo surge la tierra que se muestra como la
portadora de todo, albergada en su ley y siempre hermética"
... "La lucha no es ningún corte como sería el
abrir violentamente un mero abismo, sino que es la íntima
pertenencia mutua de los luchadores" ... Este corte no deja
que los contrarios se destruyan mutuamente, sino que da a la contraposición
de medida y límite un solo perfil" ... "La verdad
sólo se instala como lucha en un ente que se produce, de
modo que abre la lucha en ese ente, es decir, desgarrándolo"
... "La desgarradura debe retraerse en la pesantéz de
la piedra, en la muda dureza de la madera, en el oscuro ardor de
los colores". Al recoger la tierra en su seno la desgarradura,
este se restablece en lo abierto, de modo de surgir como lo que
se resguarda y autooculta en lo patente" ... "La desgarradura
conformada en la unión del resplandor de la verdad".
Asterio y Teseo, Apolo y Dionisios, son los contrarios que coexistiendo
hacen la unidad de la desgarradura de la que previene el hombre.
Esta desgarradura de la que proviene el hombre. Esta desgarradura
de los contrarios puede ser pensada también como la desgarradura
del "doble". El doble es aquello que perdimos en la lucha,
pero que nos constituye como la oscura proveniencia del origen.
La batalla del hombre con su doble. Así piensa Luisa Mercedes
Levinson el drama de la lucha entre mundo y tierra ocultamiento
y develación, entre abismo y cumbre. El drama es también
el de la lucha entre ética como deber ser y ëthos",
como la residencia del hombre en el desgarrón del que surge.
Del imposible anhelo de esta unión nace la historia trágica
del hombre.
EL
HOMBRE MAS ALLA DEL HOMBRE
Por
pensar el sentido de lo humano y de la historia como tal búsqueda
del hombre de esta imposible unión, la obra de Luisa Mercedes
Levinson, alcanza una dimensión ajena a la del mero documento
literario. Tocar los extremos decían Blake y Nietzsche. Al
pensar el problema de la identidad como problema de la desgarradura
Luisa Mercedes Levinson piensa más allá de la identidad
psicológica. Incluso más allá del mito bíblico
en donde el crimen es mediación dialéctica para que
"yo" pueda ser el "otro". Para los egipcios
el otro era la sombra, el ká o doble que acompañaba
al hombre durante su vida mortal. La lucha no se desarrolla en el
interior del hombre. La lucha reenvía a este mismo hacia
el oscuro origen del cual proviene. El "otro" es la imposibilidad
de uno mismo, y existe como eje de la conciencia desgarrada en búsqueda
de síntesis. Gualterio Mendiburu y De las Casas es Asterio,
es también Walterio, Walter, Alter (el otro) es decir Teseo.
Dionisios termina coexistiendo con Apolo, para que el desgarrón
de luz y sombra que indica origen, sea la señal de nuestra
proveniencia y nuestro destino.
En "A la Sombra del Búho", su obra mas importante
y aquella desde la que debe contemplarse el conjunto de su aproximaciones
al problema que constituye su envío y su obsesión,
no importan las edades donde se sitúa la acción, ni
los lugares. Todos los lugares y los tiempos son uno y nos devuelven
al tiempo originario, a la gruta de Minos. Por eso Gualterio es
asesinado (o casi) por un navegante que viene de allende los mares
(Walter Loo) y es también mutilado como Dionisios y, como
este se reproduce. Pocas obras en este sentido indican tanto la
proveniencia de lo universal como patrimonio de lo griego, tal esta
extraña novela en la cual Luisa Mercedes resume lo disperso
en otros textos que van a cobrar a partir de este un sentido, un
entramado y una textualidad diseminada y dispersa y sin embargo
con una extraña coherencia, con una voluntad de unidad misteriosa
que hace de la totalidad una síntesis.
Novela de arquetipos donde los protagonistas son "el otro"
y "el" del hombre y la mujer, (la tierra y el mundo) como
necesidad de totalización en la armonía del orden
primigenio.
EL
CONCEPTO DE LEY Y LA CAIDA
Proceso
circular en donde el tiempo no avanza sino sometido a la Ley. El
concepto de Ley juega aquí, como en el principio de la metafísica
occidental un importante papel. "Tu destino es seguir, siempre
susurró Felicitas desde más arriba de las nubes ,
mientras Felicitas vagaba a orillas del río. ¿Caminar
para siempre? No quiero. Parece una maldición. No se trata
de querer o no querer, es seguir la ley. Seguir la Ley siempre está
bien persistió Felicita, arriba. Pero es aterrador. Caminar
por toda la eternidad. Acá no hay peso ni medida. No es caminar,
es avanzar"... La voluntad solo puede liberar aquí,
como en el proceso cíclico del retorno, queriendo el destino.
Y esta novela, que no se quiere así solo reconstrucción
arcaica, sino búsqueda del hombre total, solo puede concebir
el futuro como," destrucción incesante para la recepción
del pasado, como lo nunca sido". Novela metafísica en
donde el ansia de redención no alude a Dios para conservar
la pureza de un cuestionamiento más originario y profundo.
El Búho es el signo de la ley, del destino como proveniencia
y deseo oscuro de la unidad. El sexo, por ejemplo, en "A la
Sombra del Búho", es vivido es calidad de abismo ontológico
y no de sentimiento o pasión. El sexo es la correspondencia
a la oculta unidad de los contrarios.
Solo a partir de él el hombre encontrará el fundamento
de un posible origen de jerarquía a base del ser como totalidad.
Solo en la lucha agonal de los sexos puede también el hombre
aspirar a la superación de la caída, del doble que
todo ente lleva en sí como abismo y desgarradura. Y la belleza
es el desgarrón de la lucha, en donde el ente resulta tocado
por la iluminación del ser que no es lo simplemente placentero.
Y al final de esta dialéctica sin mediaciones, espacio y
tiempo serán la oculta verdad del ser: y mito y logos uno
en la superior unidad de la diferencia.
Gualterio Mendiburu es aquel donde la tierra como orden impone sus
leyes oscuras, lo mismo que Felicita. Walter y Melita son el mundo
liberado a la impotencia de una subjetividad, que ha olvidado la
fuerza originaria de la apariencia, como otra medida del ser. Un
mundo librado a la oponente representación de la conciencia
como "ego cogito" es un mundo sin destino ni providencias.
Pero en "A la Sombra del Búho", la unión
de aquella totalidad estallará cuando Alter (el otro) y Melita
gritan "en universo". En universo es la unidad de tierra
y mundo, de las subjetividad, de la conciencia, de la Identidad
como falsa diferencia y de la unidad como el mito trágico
de Dionisios y también de Asterio.
Una escritura poderosa en lirismo, a veces casi superreal, con un
humor ácido que bordea la ironía, alienta en esta
novela de montaje con ritmos y estructuras formales diversas. Además
cuando Luisa Mercedes Levinson dice metafóricamente: "El
juri estaba sentado sobre la nada, es decir en cuclillas, dice ¿sin
quererlo?, la oculta proveniencia del verbo ser, del latín
sedere. Es decir: estar sentado en la dicha del desgarramiento,
donde la nada es posibilidad de alumbramiento.
EL
MITO Y LA PARODIA
El
que aún no hayamos oído ni correspondido a la severa
admonición de Heidegger acerca de que no existe más
porfiado enemigo del pensar que la razón, es algo que da
que pensar: algo también por lo cual la inesencial esencia
del mito continua escapándonos, al mismo tiempo que la oculta
esencia donde se unen mitos y logos. Se dirá que el mundo
moderno vuelve lentamente a intentar un ordenamiento cosmológico
del universo, una cosmogonía, y que ésta y por vía
de ésta, dioses y héroes, mortales e inmortales, vuelven
por otras vías a acercar poesía y pensar. Pero se
trata de una falsa vuelta. Precisamente de una vuelta que de ninguna
manera recupera la esencia del tiempo, como aquello que no cesa
de advenir a si, manifestándose en la multiplicidad y no
deja de manar la ambigüedad del sentido del origen. Justamente
por ello, asistimos a la eclosión o implosión de un
irracionalismo engendrado en el seno mismo de la impensada esencia
de la técnica.
Todo una mitología espúrea se regodea en la desconfianza
de los productos de la razón. Se teme a la "razón".
Incluso el comics, la fantaciencia, la cábala, el esoterismo,
las historias de las religiones, vuelven a abrir el abismo sobre
el cual se edificó durante siglos el dualismo maniqueo de
bien y mal, por el cual el mundo, como decía Artaud, "es
el abismo del alma". Pero aún continuamos sordos pues
pensar es recogerse en el agradecimiento donde se reúne -el
tímpano- la presencia de lo constante, para sostenernos en
lo mismo que difiere de sí, en el pensar como pensar del
ser y lenguaje, del ser en el "decir" de la poesía.
No es suficiente que por todas partes se intenten rescatar los "mitos".
Los mitos no se restauran como los iconos. Ellos permanecen mudos
y solo hablan a aquellos que jugando, repitiéndolos hasta
la parodia, hasta la risa, hacen estallar el sentido, los dioses
y las mismas imágenes divinas, subsumiéndolos en el
sin sentido de la parodia y de la falta de origen. Ni historia circular
ni historia lineal. No sentido o sentidos múltiples. Re-comienzos
desde puntos de partida abordados. Movimientos de la inmovilidad.
Nomadismo de la gregariedad. Se equivoca Eliade cuando habla del
mito como refugio del terror de la historia. La historia es ya sólo
un tema en desuso. No se trata del fracaso de los historicismos,
ni de las ideologías como religiones laicizadas. Todo el
ruido de la historia -de lo que comúnmente se entiende como
historia- no nace sino del miedo a lo que Unamuno llamaba "intrahistoria".
El miedo al murmullo de la repetición indiferenciada del
origen y el silencio del antes del habla -del lenguaje- "escriturado"
en el cual un mundo adviene al hombre, quien desde entonces yerra
- "erra de errancia"- en un "mundo interpretado".
Pero aun advirtiendo que el irracionalismo es sólo la sombra
que proyecta la razón, y el mito siempre es "ctónico"
y no uraniano, asistimos a una universal reparación del mito.
Basta para ello que los defensores del "mito", opongan
intuición poética a interpretación mecanicista
y racional de la realidad y el milagro se habrá realizado.
LEVINSON
EN PERSPECTIVA
La
obra de Luisa Mercedes Levinson es singular no sólo en el
panorama de las letras americanas donde se la ha ignorado olímpicamente,
sino también en el panorama de las letras del siglo XX.
Un temperamento innato combina en ella de manera imperceptible,
el dominio de la vigilia en sueños y el del sueño
de la videncia poética en la vigilia. Mitos y logos se le
ofrecen de este modo como la magnífica iconografía
política y religiosa, a través de la cual se manifiesta
lo "real". No se tratará pues para ella de teorizar
una estética y menos una "política" como
gran organón de la Etica, sino apenas de incubar el huevo
de la serpiente", de una "deconstrucción"
reificadora. Más allá de movimientos literarios, vanguardias
o retaguardias -sin apelar a lo suprareal- o al realismo mágico,
categorías ajenas a su temple, al mismo tiempo que los precursores
del éxito latinoamericano rescataban mitos indigenistas o
ancestrales (Asturias), o los metamorfoseaban hasta darles la forma
arquetípica de la tragedia, subsumiéndolos en la fantasmagoría
de la singularidad de lo situado en regiones infrarreales (Rulfo),
Luisa Mercedes Levinson, a fines de la década del 40, comienza
a soñar con los ojos abiertos vagas historias a-situadas,
pregnadas, de humor y de piedad. Historias en las cuales se dan
cita todos los tiempos complicándose en la diacronía
de un carnaval de características fantásticas. Los
mitos son uno y el mismo, vueltos a repetir ahora y convertidos
en obsesión a lo largo de casi cincuenta años de actividad
creadora. A diferencia de Rulfo que metamorfosea, Levinson alude
constantemente a los orígenes, aunque indirectamente, repita,
re-encarne, confunda y vuelva a decirlos en el mito del andrógino,
que es el mito primordial, el de la ausencia de principio: el de
la imposible búsqueda de la totalidad en la historia y del
absoluto (la huella de la diferencia borrada) fuera de la historia
y también la virgen Sophia o el Jesús andrógino
que pregona Nicolai Berdiaev.
UN
COSMOS UNICO
Su
cosmos no admite parangón ni debe nada a nadie, aunque Hierónimus
Bosch, Bruegel El Viejo o Richard Wagner dibujen sus perfiles por
los entrecejos de la parodia. Su obra nace aislada y permanece aislada
en medio del ir y venir de las modas y las necesidades que la pseudocrítica
impone en el momento. En 1950, Luisa Mercedes Levinson asiste a
la primera revelación de los espectros que la mantendrán
desde entonces ya para siempre desvelada. Y la visión de
la realidad resulta entonces absolutamente integradora. Su cosmos
está definido para siempre. "La casa de los Felipes"
es una novela que excede, como toda obra suya, la clasificación
de géneros literarios. En primer lugar, décadas antes
de que se discutiera acerca de las antinomias novela-rural, novela-urbana,
novela-social, novela-metafísica, relato naturalista o supra-realista,
subjetivismo o novela objetiva, Luisa Mercedes Levinson en un gesto
de genio intempestivo, hace caer esas barreras y con alarde de creadora
absoluta, abre las puertas de un universo en expansión, que
vuelve eternamente sobre sí, para repetir hasta el paroxismo
las huellas que la conducen hacia un desorden magníficamente
armónico, en el cual se borran todos los recuerdos.
"Las casa de los Felipes" es mucho más que la crónica
del derrumbe de una sociedad que no puede sobrevivir al poderoso
cerco de la tradición. Están ya aquí los arquetipos
que se repetirán obsesivamente en "La Isla de los Organilleros"
(1964), "A la sombra del Búho" (1972) y "El
último Zelofonte" (1984).
La vieja casa del Aromo -soñada pero real- es sólo
el ámbito de encuentro de los contrarios que se repetirán
hasta el infinito. Sus túneles -sus pasadizos subterráneos,
sus ratoneras, sus iceberg- son los mismos pasadizos de Dedalus.
Allí se librará la lucha eterna entre el mundo ctónico
-el de la tierra sin origen- y el mundo saturniano: el de los arquetipos
de la tradición y el padre que se devora a sus hijos. Ambos
son uno y el mismo: Uno representado por Dionisios, otro por Apolo,
uno por Asterio (el Minotauro), el otro por Teseo (Walter); uno
representado por José María del Villar y (Terrero),
el otro, por la casta de los O'Reilly. Unos, repitiéndose
ctónicamente a si mismos, y por eso siempre renovados en
la "mismidad", los otros atados al deber que perpetua
el poder omnisciente pero decadente del día y de la luz.
La novela excede la pequeña historia del "gotic",
la cronología de la narración de situaciones y da
paso a una visión más amplia y abarcadora de la historia
como "mitema". Los del Villar y Villar, casta de Minos,
son la entraña misma de la pampa argentina; símbolos
de la feudalidad territorial y metafísica que quiere repetirse
en el insensato juego de la aniquilación de los contrarios,
o en el delirio supremo del incesto Son acaso América misma.
Los O`Reilly son de la casta de Teso y Albión, custodios
del impenetrable laberinto de Minos. ¿No será L.M.L.
La reencarnación de Ariadna quien llevaba en su sangre las
encontradas pasiones de lo "ctónico" y "lo
saturniano", de lo solar y lo lunar? "La Casa de los Felipes"
pone en movimiento por primera vez ánimas. Estas ánimas
son arquetipos de pasiones: espectros, no personajes. Esta es una
novela de autor, no de creador omnisciente, sino de poeta en trance
de alumbramiento. La pasión que mueve con una fuerza ciega,
salvaje, elemental, el destino de estas almas muertas que pugnan
por el grito, es el verdadero acontecimiento de la novela. La pasión
es la fuerza objetiva que opera constantemente sobre seres y cosas:
el "pathos" decía Nietzsche, es el ser del devenir.
La subjetividad llevada a sus extremos es pasión de ver,
de desocultar lo oculto, de poner en evidencia lo que existe de
más evidente en la realidad. De ahí su surnaturalismo
-expresión usada por la autora- sea quizá la más
adecuada para definir los claroscuros de este relato, en el cual
el incesto es el túnel subterráneo que conduce de
la verdad de la apariencia y el simulacro, al simulacro de la apariencia
en la verdad. Ya no hay una nada como verdad "del ser donador
del sentido de la nada".
LA
PASION Y EL ESPECTRO DEL ABISMO.
Aquí
sólo existe el vacío, el abismo, abierto sobre el
precipicio del incesto, en el cual el origen es permanentemente
vuelto a sí mismo como fatalidad, como Moira, como Ananké.
Una serpiente que no cesa de constituirse en anillo. Sin embargo,
los sótanos incestuosos de la calle del Aromo, no se cierran
sobre sí. Se diría mejor que terminan abriéndose
sobre otros de modo rizomático y así será efectivamente,
porque no se trata de hacer sociología de estructuras corruptas,
sino de mirar más lejos hacia el sentido de la maternidad
y la repetición.
"La Casa de los Felipes" está pregnada de un alto
grado de tensión poética, pero al mismo tiempo hay
un sostenido que permite contener su ritmo vertiginoso de vorágine.
Existe un "crescendo" contenido, una prosa ceñida
a los golpes de martillo de una emoción que finalmente podrá
diluirse en las brumas fantasmales del capítulo final. El
juego profano y herético de las sustituciones opera ya las
tácticas del simulacro, donde nadie es nadie, porque nada
viene de padre o de madre como la "tierra". Dice Bataille
al respecto: "Entre las diferentes oposiciones que mantienen
la existencia de los hombres bajo la dura ley de Heraklito no hay
otra más ineluctable que la que opone la Tierra al Cielo,
a la "necesidad de castigar" las turbias exigencias de
la tragedia; por una parte, se componen la aversión al pecado
y la claridad del día, la gloria y la represión militar,
la rigidez imprescriptible del pasado; por la otra, la grandeza
pertenece a las noches propicias, a la pasión ávida
al sueño oscuro y libre: la fuerza está conferida
al movimiento y, de ahí, cualesquiera que sean las numerosas
apariencias, arrancada al pasado, proyectada a las formas apolíticas
del futuro" y termina Bataille: "Es cierto que no existe
humanamente un ejemplo en que una forma represente, con exclusión
de otra, una de las direcciones posibles de la vida. No por ello,
estas direcciones son más fáciles de descubrir y de
describir". Entre estos dos polos, privilegiando el instante
extático del tiempo de la repetición "ctónica",
se mueve la búsqueda de los arquetipos en la lírica
de Luisa Mercedes Levinson que es también una épica.
Lo "ctonico" es también el mundo de lo lunar, de
la procreación sin engendramiento, y el mundo informe de
la tierra sin rostro, que se vale de la sustitución en el
momento del éxtasis erótico, donde se rompe el sentido
de la identidad y de la alteridad, instaurándose la identidad
como simulacro de un origen imposible -el andrógino sagrado-
y se borran las huellas de la repetición, sustituyéndose
lo "ctónico" y lo "saturniano", por la
huella borrada de la diferencia anterior a la "diferencia".
La identidad "ctónica" que desemboca en este abismo
es igual a intensidad y devuelta al cause, como quería Klossowski,
en la que se forma la huella y algo se reconoce a sí mismo
como voluntad de poder, de conciencia y deseo. De esta manera deben
cumplirse el rito de la sustitución, bajo los mosquiteros
del mundo indiferenciado del deseo. Si bien es cierto que las cuatros
novelas fundamentales de Luisa Mercedes Levinson forman una unidad
abierta, también algunos cuentos dispersos en "Las tejedoras
sin hombre" y "La Pálida Rosa de Soho", retoman
la búsqueda del tiempo perdido. La búsqueda del edén
pasa por lo que Bataille enuncia:
"La unión de los amantes se enfrenta a este interrogante
infinito: en el supuesto de que el ser unificado que deforman cuenta
para ellos más que el amor, están condenados a una
lenta estabilización de sus relaciones. El vacío horror
del cónyuge regular ya les aprisiona. En el caso de que la
necesidad de amar y de perderse sea más fuerte para ellos
que la preocupación de encontrarse, no tienen otra salida
que los desgarramientos, las perversidades de la pasión tumultuosa,
el drama, y , si se trata de un carácter íntimo, la
muerte. Añadiré que el erotismo constituye una especie
de escapatoria ante el rigor a este dilema".
De este modo, las expresiones de Bataille son por entero aplicables
al drama de la María Soledad de "La Isla de los Organilleros".
Si bien en esta novela el tema del incesto se soslaya queda aún
clara la oposición del mundo "ctónico" de
los organilleros, esos despojos de la humanidad, simulacros de seres
y el mundo saturniano de la isla de Freya, en la cuál se
pretende restaurar el mito ario a través del simulacro wagneriano
de un imposible mundo de Dioses que son máscaras.
LA
FUERZA Y EL MUNDO DE LO CTONICO
Dalmacio
Robles es apenas una sombra: la evocación de una gran fuerza
ctónica que quiere manifestarse en el mundo de los hijos
(kinderland) antes que en el mundo de los antepasados (vaterland).
"Acaso toda la humanidad en su rotación infinita es
un gran cáncer que se desintegra y se vuelve a integrar reproduciéndose
y creciendo por su cuenta, contrariando el pensamiento de Dios?",
dice en algún fragmento Luisa Mercedes Levinson.
La autora da así una clara pista para marcar su filiación
no consciente, con respecto a la parodia selectiva del eterno retorno.
Los Organilleros son aquellos que pueden hacer retroceder los ríos,
los ríos pueden devolver las aguas que han pasado. Dalmacio
Robles es una vez más sólo intermediario de la maternidad,
luego de lo cual es el que vuelve a la tierra de la cual solo es
una imagen. El mundo de las vírgenes wagnerianas sucumbe
al fin ante la magia, el hechizo de una comunidad: la de madre-hijo,
que las referencias a la sangre no pueden lograr. Novela violenta,
sin el rigor de las visiones nocturnas de "La Casa de los Felipes",
"La Isla de los Organilleros" revela la tierra como una
"herida que sangra creando y destruyendo incesantemente a unos
seres finitos: en ese sentido la auténtica universalidad
es la muerte de Dios" (Bataille). Y el mundo en el que desemboca
"La Isla de los Organilleros", contradice un mundo centrado
en la idea resplandeciente de Dios. "A la sombra del Búho"
disuelve estructuralmente la idea del original y de la copia.
Por lo tanto no se trata de la búsqueda de los orígenes,
ni siquiera de una identidad sagrada. Son pulsiones, intensidades
que nos remiten al mundo originario y de los arquetipos, que los
duplican y se manifiestan por doquier, explotando como síndrome
de todas las culturas.
LA
NOSTALGIA DEL ORIGEN
De
nuevo las cronologías nos devuelven al simulacros de un tiempo
originario donde vuelve a entablarse la lucha entre Asterio y Teseo,
entre Apolo y Dionisios, ante Gualterio Mendiburu y de las Casas
y Walter Loo. Pero como la visión niezscheana del mito, Teseo
se incorpora a Asterio, Dionisios puede usar el disfraz de Apolo,
Gualterio el cuerpo entero de Walter Loo y las sombra del original
(el Chuchento, ser el tercero delegado) el asesino de Dios, el asesino
de Saturno. De nuevo el juego de las sustituciones en el proceso
del engendramiento. Felicitas y sus identidades enroscadas parece
multiplicar indefinidamente los espectros, y al mismo tiempo ser
madre de un hijo de Gualterio Mendiburu y de las Casas, de Walter
Loo e incluso por qué no?, de Sir Walter Raleigh reencarnado.
El tema de la alteridad es dinamitado definidamente y Caín
y Abel son uno, como Teseo y Asterio, como Dionisios y Apolo, como
Gualterio y Walter Loo.
LA
TIERRA Y EL INCESTO: A LA SOMBRA DEL BUHO
El
abismo de la identidad, el vértigo del caos se abre ante
nosotros. Ni siquiera la mutilación dionísiaca de
Gualterio Mendiburu y de las Casas, sucede fuera de aquello que
se integra a una unidad superior. El tema del incesto y al mismo
tiempo la rebelión contra un pasado irrevocable, contra la
paternidad asumida bajo el aspecto saturniano. "A la sombra
del Búho" convierte el carnaval de la historia en un
aquelarre que comienza y termina en el pensamiento que Paul Celan
llamó del umbral. La repetición de lo mismo instó
a Blanchot a escribir: "repulsión -pulsión invertida,
no divide más que como efecto de la repetición, la
cual engendra no engendrado nada: generación sin engendramiento".
Clemence Ramoux, aclara que la tierra no alude solo a lo ctónico,
sino a lo que está por debajo del umbral: "La cuestión
-afirma- parece remitir, de vez en cuando, a la doble serie Tierra-
Caos, separados abruptamente y, sin embargo constante y peligrosamente
implicados la una en la otra". También -dicen Blanchot-
se puede sugerir otras: "por un lado cosas y frases capaces
de engendramiento y de consecuencias; del otro, el oscuro y vacío
latido repetitivo, capaz no obstante, de dar lugar a una diferencia
de nombres". Citemos nosotros: Caos, Erebos, Tártaro-
Noche, noche conforme a los tres nombres de la muerte: Moros, Kere,
Thanatos. Solo más allá, solo superando el terrible
pensamiento del umbral, Felicitas -Felicitas nena, Hermelita, -Melita,
puede pensarse la dimensión de lo "ctónico"
como "UNA VOLUNTAD RESPLANDECIENTE (QUE EXIGEN) ENTREGUE LA
TIERRA A LA DIVINA EXACTITUD DEL SUEÑO" (Bataille).
A
LA SOMBRA DEL AVE DE MINERVA
"A
la sombra del Búho" edifica su historia sobre el abismo
de los túneles rizomático de la calle El Aromo, pero
solo para salir a la desnuda intemperie de la desterritorialización
del mito, en el despliegue de lo universal como categoría
metafísica de la subjetividad, en su marcha hacia lo absoluto
de la conciencia de si. Walter Loo repite el estereotipo de Teseo
desembarcando en Creta, pero el héroe griego, quien saldrá
hacia la superficie, no será ya el mismo. Detrás de
esta máscara están ahora todas las máscaras,
desdoblándose hasta agotar las líneas de fuga de las
huellas del sentido. El humor ausente de "La casa de los Felipes"
y del sistema de canales de riego que permite unir los planos -secuencias
de "La Isla de los organilleros", preside desde la primer
frase rotunda, hasta las espirales poéticas del último
capítulo, este libro único, impar por su capacidad
de refabular la fábula, hasta darle una dimensión
de acontecimiento histórico, suspendido sobre una actualidad
que exige replegarse sobre sí para mejor salir hacia el futuro.
Las condiciones para semejantes salida -las ha visto Niezsche en
el olvido previo al acto de crear. En el olvido, para decirlo con
palabras de Heidegger, el pasado "sosus-vient" (viene)
al hombre en cuanto sus porvenir que adopta la figura del pasado.
Es entonces que el pasado le adviene en lo que crea: porque eso
que cree crear así no le viene del presente, sino que no
es más que pronunciación de un posible anterior en
el olvido momentáneo del presente (históricamente
determinado)".
No se trata entonces de un retorno mitologizante hacia un pasado
"irrevocable". Y menos aún de una posible resurrección
de lo ancestral, sino de la voluntad de fabular, en la que el pasado
o lo no sucedido de este, "sub-viene" a la voluntad creadora
de mundos. La poesía nace de ese "incesante poder de
metamorfosis de lo inicial" (Heidegger) que constituye una
pulsión mitologizante propia de cada cuerpo, de cada piel,
capaz de provocar el acto de la repetición y de proferir
el grito de la diferencia. Poesía que constituye para Luisa
Mercedes Levinson el Mito del Futuro: futuro como constelación
que cae en la noche de la indiferencia primera, alumbrando en su
caída el esplendor del descentramiento del sujeto, fetiche,
del sujeto como rol, como "gadget".
Eso la separa de quienes buscan en los mitos, el acceso a profundidades
reveladoras de jerarquía a base de la esencia del ser. Porque
el ser aquí es sólo un misterioso suceso donde se
dice la línea de fuga de la diferencia. Aquí también
el mito se muestra como capacidad fabuladora del deseo de eternidad,
que es simulacro y no mundo real o mundo de las apariencias. Por
último esta salida de la historia no significa la entrada
a un laberinto de números sagrados, de máquinas binarias
que funcionan como arquetipos impulsores de la realidad. Significa
solo construir el orden jerárquico de las relaciones de poder
que presuponen las rígidas estructuras productivas que encadenan
el deseo de las carencias simbólicas.
LOS
CONTRARIOS Y LA REPETICION
"A
la sombra del Búho" aguza hasta el extremo la lucha
de los contrarios hasta permitir que la serie se "re-pita",
reenviando los arquetipos hacia el oscuro abismo del no fundamento
donde el Uno estalla en las líneas de fuerza de los agenciamientos
múltiples y sin origen del deseo.
Repitiendo el Mito, haciéndolo imposible, deconstruyéndolo
en sus excesos o si se quiere destruyéndolo en la "parodia",
para liberarlo de toda mistificación estética-literaria
o bien filosófica, Luisa Mercedes Levinson hace que nuevamente
la poesía se constituya en el verdadero y único "mito"
del futuro. En el abismo ontológico del sexo, bien y mal,
Dios y Hombre, Creador y Libertad increada (el mal que Dios debió
de ser a riesgo de perderse en su creación), Dios y Demonio,
son líneas de fuerza, maneras de querer la Unidad de la "differance".
"A la sombra del Búho" eleva premonitoriamente
el mito hasta un espacio cósmico, no centrado ya en las leyes
contrapuestas del cielo y de la tierra. En un magnífico fragmento
dice Luisa Mercedes Levinson: "Pueden ponerse unos pedazos
para acá y otros para allá, la nariz en una nalga
y un ojo en cada codo. El bien con el mal, la gangrena con el espíritu,
el ángel de la guarda con el ángel caído en
la parrilla...", "Para ustedes, los bisabuelos estaban
las inscripciones en la piedra: por aquí el bien, por allá
el mal, abajo, las tinieblas, arriba la luz ¡qué suertudos!.
Pero si hubieran subidos a los espacios, qué sin sentido
resulta eso. Acá no hay arriba ni abajo, todo está
mezclado, hecho una pasta. Caramba, cómo me gustaría
agarrarme a algo verdadero, sólido. Pronto, necesito algo,
aunque sea un dolor de muelas de esas que hacen temblar los mundos,
cualquier cosa para que no sea víctima de la vacuidad ...
Pero nada es inédito. La tierra como un útero cualquiera
sólo es una máquina de repetición en serie...
Importa entonces ser o no ser?. Al que ya está muerto ¿qué
le importa morir?". Más allá de la parodia acera
de la esencia, Luisa Mercedes Levinson sabe que las presencia sólo
son posibles en el lenguaje, y que éste, si, cargado catexizado
hasta la parodia, hace estallar los mundos y anonadar las presencias.
Así Luisa Mercedes Levinson anuncia el fin, (el ocultamiento)
y el retorno (la presencia) de los Mitos. Sabe que el suicidio del
Yo equivale a la muerte de Dios-Uno. Por eso los gatos - símbolo
de la tierra de la caída- preguntan a Walter Loo: "Clamarás
por Lilith o por Eva?".
Engendrar de nuevo a Eva: es ese el desafío. Eva más
acá de la muerte donde se borran las huella de la caída,
un cuerpo lleno y puro donde el saber no conlleva el estigma del
tiempo. Una Eva que puede exclamar como Felicitas en una cueva:
"En Universo". Hombre nacido en el centro del cosmos,
al fin en armonía con las energías que mueven y regulan
el curso del destino de la naturaleza, desocultada y manifestada
a los afanes de dominio de la oculta esencia de la técnica.
Ya no naturaleza, sino solo ente en su manifiesta presencia, oculta
ella y sus dioses al corazón deshumanizado del animal llamado
hombre.
EL
PROBLEMA DEL MAL: DUALISMO Y MONISMO
El
furor que guía la polémica levinsoniana se mueve en
dos ámbitos -como decía Paracelso- el mal no es sino
el bien pervertido, por una parte y por el otro contra la técnica
moderna, es decir, contra la constitución "ontoteológica"
de la metafísica, que funda en la parusía de la presencia
la esencia de los sagrado, de lo que es, liberándolo todo
al oculto imperio del dominio de la técnica, que se mueve
allí donde sólo se manifiesta como preter-dada la
presencia de lo presente.
Salía de sus libros - sus libros eran apenas escondrijos
errantes de lo que decía, de lo que aparecía, era
lo que sugería - Su permanencia no detiene el tiempo: ella
desencadena el tiempo.
Luisa Mercedes Levinson no trata de hacer delirar a la lógica,
sino hallar la fascinante lógica de la maravilla. El gran
órgano que se mueve con la constitución y de construcción
permanente del mito, es decir, de la esencia del lenguaje por el
cual estamos atados al poder oír unos de otros y habitar
y "errar en un mundo "interpretado", como escribía
Rilke. Por un lado Luisa Levinson se inclina hacía un monismo
en el cual se borran falsamente todas las diferencias, hacia una
unidad anterior a la "diferencia" entre ser y ente. En
ese sentido y paradójicamente, tiende a fortalecer la meta
física del Uno es Todo hundiéndose en una mística
desde la cual se destierra la multilateralidad de la pluralidad
y por el otro, al permitir encontrar la constitución maravillosa
del tejido de la escritura, reconoce la imposibilidad del nombre
Unico.
FRAGMENTO:
ESTATUTO DE LA HEREJIA
El
estatuto herético del fragmento -no hay pecado decían
los adamitas- que no se deje allanar por ningún tipo de sistema
verbal o linguístico, metafísico, -o místico-mítico-
porque el fragmento es anterior al todo: simplemente está
fuera de él, como quería Blanchot. Y es en este sentido
en el cual descubre el sentido de la parodia, tal cual la reconoce
Klossowski. Pero para ello primero el mundo debe volverse fábula.
¿A qué acudir entonces a lo irracional-sombra fantasmática
de la razón- miembro fantasma del sistema, o a la pretensión
de que el lenguaje revele zonas de lo real fantástico, si
todo, el mismo mundo, no es sino una de las infinitas posibilidades
de la fábula?.
Con Nietzsche, tanto el mundo de la realidad como el de la apariencias
han desaparecido: de este modo deviene el mundo fábula, tal
cual lo explica Klossowski: "el mundo deviene fábula,
el mundo tal cual es sólo fábula: "fábula
significa algo que se cuenta y que solo existe en el relato; el
mundo es algo que se cuenta, un suceso contado y, por lo tanto una
interpretación: la religión, el arte, la ciencia,
la historia, otras tantas interpretaciones diversas del mundo, o
mejor otras tantas variantes de la fábula". Detrás
de la fábula, de ese suceso sin antes ni después que
Heidegger llama "ereignis", en el cual se pone en movimiento
algo, se halla el verdadero significado mítico de la fábula
que procede, como decía Klossowski "del verbo latino
"faris", a la vez predecir y divagar, predecir el destino
y divagar, porque "fatúm", el destino es también
el participio pasado de "fari". La refabulización
del mundo significa asimismo que el mundo sale del tiempo histórico
de una cierta épocalidad para entrar en el tiempo del mito,
es decir en la eternidad.
El modo en que Luisa Mercedes Levinson ha trabajado con los mitos,
la repetición a que los ha cometido a través de la
parodia del lenguaje, hasta confundir lo episódico mundial
mismo, multiplicando y acelerando los tiempo mundanales hasta pulverizarlos
en máscaras detrás de las que no existe sino la materia
heteróclita donde se refabuliza el mundo, hacen de esta autora
pluralista moderna y revolucionaria, prima hermana, quizá,
de la revalorización de nuevas formas del empirismo estructuralista.
En "El último Zelofonte" termina abandonando el
andamiaje de la narración y se entrega plenamente a la farsa.
Luego de un impromptus fellinesco, remendando sin querer el lenguaje
nietzscheano de lo estructuralista, escribe, imitando al chetaje:
"¡Que la humanidad ha muerto! ¡No me hagan reír,
che? (Se dirige al de Bogotá). Mire, mire, son dos ejércitos.
Ya empieza la batalla. La humanidad, mire che, tal vez estará
algo misturada ahora, pero más vivita y coleando que nunca
... ¡y por mucho años! Ya empieza la guerra. ¿Se
da cuenta? ¡La guerra! ¡Viva la humanidad!".
El tono jocoso de cachondeo, culmina en un fragmento regocijante,
siempre más allá de optimismo y pesimismo, apuntando
hacia el movimiento multidireccional de la historia: "Por los
mares sigue el barco náufrago con su pasaje. Son fantasma,
pero todavía no se han dado cuenta. Uno de esto fantasma,
a lo mejor soy yo". Simulacro, insistimos, no significa apariencia,
"fantasma", no es imitación. Cuando Foucault reconocía
frente a Paolo Caruso la necesidad del mito para el funcionamiento
de un cuerpo social, semántico, erótico, productivo,
incluía seguramente entre ellos, la utopía de una
culminación celeste de lo histórico La historia es
solo necesario devenir sin la cual no habría nave simbólica,
ni pasajero, ni deriva, ni punta de iceberg. Caruso se preguntaba
entonces si existían mito más poderoso que la de una
humanidad sin mitos.
Sin un mundo que nos dirija el habla, sin una profecía del
futuro en manos de quienes son los oficiantes y median entre la
fábula (el mito de los dioses y el deseo y la necesidad de
crear), la humanidad fantasma de Lilith Iridicent, es la imagen
de la sombra más corta, donde se degradan los mitos, y se
adultera la forma del Titán llevándola hacia la del
héroe de historieta y de "comics", símbolos
de un mundo que ha perdido el camino, sucumbiendo a la subjetividad
absoluta de la impensada esencia de la técnica.
¿Porqué acudir a Lilith, el mito pre-adánico,
herético, cuando Luisa Mercedes Levinson ha sido tentada
siempre por el mito del Andrógino, es decir de Adán
conteniendo en sí a Eva, borrando la escritura de la diferencia
en una archiescritura de huella que son a su vez intensidades, jugando,
atrayéndose y dispersándose, en el espacio desde siempre
abierto de la "lichtung" .
¿Hubo humanidad anterior a lo humano en sí, en la
que el fragmento no se dejaba suturar por las esencias y los números
sagrados? El tema es su querer obscuro y no se deja reducir a las
hermeneúticas simplificadoras. Luisa Mercedes Levinson ha
insistido hasta el extremo en la importancia de una sensualidad
solar y masculina y una sexualidad lunar y femenina. La primera
donadora y saturniana, la segunda tejedora, ligadora, hyménica,
y "ctónica". Aquí luchan en ella nuevamente
sus ansias de encontrar en la posible unidad, la buena del monismo
y el descubrimiento de la sexualidad, como un mundo de fábula
que permite la constante transmutación de los símbolos
y simulacros del deseo.
Al respecto dice Klossowski: "no hay aquí lo que hemos
convenido en llamar transposición pura de la experiencia
humana -se refiere a la sexualidad divina- sino un proceso que pertenece
a la manifestaciones mismas del ser, por ser el comercio de los
sexos bajos las especies de las divinidades nada más que
una explicitación del ser en sus modo de aparecer, y desaparecer,
mientras que ese mismo intercambio en su forma humana no es más
que una experiencia de vivir y de morir. Lo que así se denomina
entre nosotros no es más que una participación necesaria
para las explicitaciones del ser en la fisonomía divinas".
Lilith y Adán por lo tanto subvierten la idea de una sexualidad
binaria y en esa mezcla se produce lo que Derridá llamará
la "diseminación", al mismo tiempo que abren caminos
hacia el pensar como primigenio donar, con-donar y estar reunidos
en torno al lugar donde se crea. El ser mujer, el devenir sexualidad
femenina de la mujer, ha sido más bien un largo proceso de
la metafísica constituida como ontoteología, en la
gramática del signo y mistificación de la fábula
de la sexualidad , como juego, fijada en las ideas de lo femenino
y de los masculino. Lilith es el símbolo herético,
porque nos remite en primer término al fetiche de la castración
simbólica y porque no ha lugar a una verdad-mujer, a la mujer
devenida esencialidad, velo que oculta la verdad. Aquí dice
Derridá: "es el "hombre" el que cree en la
verdad de la mujer, en la mujer verdad". Y para desalojar definitivamente
de la esencialización de las formas en que "eros"
produce verdad, es decir, "corpus" de verdad, Derridá
escribe sobre Nietzsche:
"El era, el temía cual mujer castrada (El era, él
temía cual mujer castradora). El era, él amaba, cual
mujer afirmativa. Todo a la vez o simultáneamente según
las zonas de su cuerpo y las posiciones de su historia. ¡En
él y fuera de él, estaban implicadas tantas mujeres?".
Y termina de este modo su cadenciosa elipsis: "No hay esencia
de la mujer porque la mujer es separada y se separa de ella misma:
engulle, vela por el fondo, sin fin, sin fondo, toda esencialidad,
toda identidad, toda propiedad. No hay verdad de la mujer porque
esta separación abismal de la verdad, esta no-verdad, es
la verdad".
Con este concepto. Derridá instaura un nuevo concepto de
la verdad como propiación de la escritura, como abandono
del camino y cristalización de la verdad, forma de producción
y olvido de las huellas de la "differance", como el diferir-de-si-de-
la verdad del ser. Pero Lilith es aún anterior al devenir
mujer de la mujer, al devenir verdad de lo femenino, al devenir
idea de la verdad. Lilith no es aún "la mujer"
donde se inscribe la diferencia y en ella se borra automáticamente
la caída en la escritura de la diferencia. Lilith es también
Adán: es la no- verdad de la verdad, la no propiación,
el abismo primero y último, la costilla del no-saber y de
la no-muerte.
EL
ADIOS A LA PALABRA UNICA
Este
es el punto cero de la escritura del Mito y del mito de la escritura,
donde se instaura el cuerpo de la metafísica, se catextizan
las pulsiones y las alianzas de los simulacros que vuelven a ser
posibles. Felicita - María Felipa - María Soledad,
sola mujer herética en lucha contra las pulsiones del umbral,
extrayendo de sí al ser indiviso que Artaud buscaba en México,
como signo de la archiescritura de la divinidad, que ellas sienten
que son y significan.
Mientras la escritura sea el espacio donde presencia y ausencia,
castración y deseo, plenitud y carencia se remiten a mutua
relaciones, el texto será el ámbito donde la alquimia
de los cuerpos las relaciones de poder y de fuerza, permitirá
reconstruir los ambiguos del sentido junto al vértigo de
su ausencia, ejecutando las más extraña alianzas.
Monista por su incansable búsqueda de los originales, Luisa
Mercedes Levinson descubre desde el momento del sueño, la
otra escena, el sentido de la sustitución y el simulacro
y más aún, la delegación de un tercero que
será siempre el asesino del doble.
Se trata de la producción en serie de sujetos de deseos,
donde mediante una metafísica de los cuerpos plurales, se
descubre el abismo de la superficies y superficies del abismo. En
este sentido si Borges inspiró a Foucault, Luisa Mercedes
Levinson podría inspirar a Deleuze. En su universo donde
se vomita la sandalia de Empedocles, se pueden entrever todas las
posibilidades de disyunción y conjunción del deseo.
En "El último Zelofonte" atisba zonas desconocidas
para aquel que no haya sido tentado por los simulacros: "Y
decir vida, en este caso era limitado.
Hubiera sido más exacto hablar de una escala hacia una voluptuosa
eternidad imitación" dice Levinson. Para quienes puedan
creer que retorcemos el texto hasta una retórica interpretativa
desaforada, sirva esta frase donde la escritora va más allá
de la fábula, transgredida ella misma por el texto. El problema
que Luisa Mercedes Levinson se plantea, y que ella llama la "unidad
de la división" , es presentada por ella misma en esta
forma: "Empezó la danza alucinante y exótica
de esas parcelas del átomo independizado, de los núcleos
en un millonésimos de instante ... Los núcleos de
los ácidos, del esplendor, el incendio ... "Nada puede
someterse a una hipotética unidad. Ni bien se sella el pacto
comienzan las nuevas alianzas del poder divino por la fuerza".
"Había que someterse a muchas experiencias humillantes,
había que llegar hasta lo hondo del precipicio, hasta el
caos, y corporizar ceremonias lucifeniana, antes de ser capaz de
suprimir de los cuerpos la instalación cloacal". El
hombre no es sino aquel que se cuenta una historia y da comienzo
a un mundo y a la apropiación de ese mundo por el nombre.
Corresponde así al habla, porque es capaz de entregarse a
la espontaneidad de ser. Y la existencia para el hombre el nombre-solo
un grado en la eventualidad del ser, es decir del habla poética
que sigue siendo mítica. Al fin:
"Los dos Zelofonte y viejo, se miraron de esta nueva manera.
¡Quiénes serán? Se reconocieron, se aceptaron,
se amaban. ¡Cuál de los dos era el doble del otro?
"El último Zelofonte" reduplica la intensidad de
los mitos, los acelera a fin de descubrir bajo la máscara,
la diafanidad de un sistema que se deshace y rehace tras la pluralidad
de nombre, que no remite sino a sombras de pulsiones de vida-muerte
de muerte-vida. Nikos - Teseo - Rosacrucita - Rosita - Rosri - Sri
- Rodacrucita, son las innumerables funciones de los nombres sagrados.
Este libro es apologética herética del mito , deconstrucción
en el sentido derridiano del mito: tal cual lo dice Jonathan Culler:
"Operando y en alrededor de un marco discursivo más
que construyendo sobre nueva bases, busca sin embargo, elaborar
inversiones y sustituciones". Como dice un personaje de "El
último Zelofonte": "Me llaman Miko Vira, que es
aire, o nada, o nadie". Aunque todavía se hable de la
rosa única, "ya no puede saber (se) -el paréntesis
es nuestro- si se trata de un flujo alimentario o verbal, hasta
tal punto la anorexia es un régimen de signos, y los signos
un régimen de calorías ... el régimen alimentario
de Nietzsche, de Proust, de Kafka, también, es una escritura
y así lo entendían ellos. Comer - hablar - escribir
- amar, jamás captaréis un flujo aisladamente",
escribe Deleuze y la obra de Luisa Mercedes Levinson es este sistema
alimentario de signos y símbolo que son intensidades, flujos
que reacciona y se fusionan sin que se puedan captarlos aisladamente.
La repetición del mito constituye la caloría que mantiene
el flujo de la escritura en movimiento transgresor, porque solo
de este modo puede fijarse un sistema de fuerza en precario equilibrio,
entre simulacro de los nombres y la perversa impenetrabilidad de
los cuerpos. Repetición del mito, resurrección del
mito, sin arriba ni abajo, infierno o cielo. Sin arquetipos ni número
sagrados, salvo la ley del camino ("Avanzar, siempre")
-sin movimiento- dice Levinson, porque el hombre pertenece a la
impensada esencia del camino, antes que el camino a la esencia calculadora
de la técnica del representar humano.
LA
OBRA
La
obra de Luisa Mercedes Levinson se ha manifestado como murmullo
donde distintas voces intercambian roles o voces únicas cambian
de registro: en su secreto llama a la complicidad más temible,
porque es máquina que debe ponerse a funcionar. Y ahí
comienza la fábula, en el instante donde la "otra escena"
desterritorializa el mito rompiendo alianzas geográficas
e históricas, discursos teológicos o estéticos,
comulgando solo con una nueva economía del deseo sin culpas,
sin agujero, sin pesadas cadenas que aten el cielo y el infierno
de esta tierra a los cielos e infiernos de un trasmundo logocéntrico.
Que es sino el pesador del tiempo que una imagen especular del metafísico
triste incapaz de sostener su deseo, que es el Armuthiano sino aquel
que se niega a la muerte y la resurrección y que espera mediante
el horizonte de la magia que aún es metafísica producir
el equilibrio del tiempo, que son todos estos personajes sino los
hombres de una época de crepúsculo que espera el dominio
sobre todo excepto sobre la gracia y que finalmente y solo por el
sacrificio se admiran del momento en el cual el tiempo se nivela
en el anillo que tanto atormentaba a Nietzsche, en ese orden invertido
causante de la angustia y que permitiría para Borges entrever
un orden en el laberinto sin centro de universo?
Y
es éste el camino que dubitativamente, armada de paradojas,
toma Luisa Mercedes Levinson, porque si la escritura no puede prescindir
del camino, tampoco el camino puede prescindir de la escritura,
dado que solo en ella nos es posible representarnos todo camino
y todo extravió del camino.
"Luisa
Mercedes Levinson o las Potencias del Mito", de Oscar
Portela, recibió el premio de ensayo ex-acquo de la Asociación
Círculo del Zelofonte, en Buenos Aires, en el año
1995, por un jurado constituido por:
Jorge Cruz
Leonor Calvera y
Rolando Costa Picazo |