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POÉTICAMENTE
RESIDE EL HOMBRE
El
Arte a pretendido siempre hacer de la tierra, un lugar no solo pasajeramente
habitable para los hombres, sino segura morada para el espíritu.
A fines del segundo milenio de la era cristiana, debemos aceptar
que entre el habitar pasajero y el morar serenamente, existe un
abismo de violencia que no puede ser vencido. Acaso el mismo precipicio
a que nos conmina el misterio del espíritu.
Por un lado el habitar, ha sido asegurado mediante el dominio y
control de todo ente, asegurados por el pensar calculador y planificador
-, que asegura, y nos asegura-, la ilusión de que con el
mero uso de nuestras facultades, incluido el lenguaje, con el solo
uso de la razón y la buena voluntad, habremos desterrado
el fantasma de lo provisional. Escuchemos a nuestros hombres de
ciencia o a los representantes del espíritu positivo, y escucharemos
a las sirenas que sedujeron a Ulises. Nunca el hombre dispuso de
un cuantum de libertad - incluso de libertad creadora-, y de rendimientos
del pensar racional como hoy.
Por el otro y desde hace más de un siglo, escucharemos los
lamentos que hablan del ecplise del espíritu, del vaciamiento
del centro -, el centro alude a la razón o Dios-, y del crepúsculo
y la huida de lo divino, y la impotencia del pensar como única
vía de acceso a algo más profundo que el mero instalar
del mundo técnico, esto es el fundar, que permite el morar
serenamente del espíritu sobre la tierra.
Morar serenamente no es morar idilicamente. Es morar en la celebración
conmemorativa. La celebración conmemorativa permite pensar
con-memorando, esto es, pensando en y con aquello que no es mero
presente y que puede ser descontado por el ejercicio calculador
de nuestras facultades, incluída la del lenguaje.
La celebración conmemorativa evita la estéril repetición
porque es una celebración pensante. Y Heidegger nos dice
que “La falta de pensamiento es un huésped inquietante
en el mundo de hoy entra y sale de todas partes” . Y Agrega:
“Las celebraciones conmemorativas son cada vez más
pobres de pensamiento. Celebración conmemorartiva y falta
de pensamiento se encuentran y concuerdan perfectamente”.
Pero Heidegger nos habla acá solo del pensar conmemorativo
y no del pensar técnico que pone en orden, planifica y descuenta.
En cuanto a nosotros, escritores doblemente marginales - en una
época a la que Blanchot denomino del “desastre de la
escritura, de la escritura como grama, como huella, como posibilidad
de memoria-, estamos obligados a rendir cuentas ante el tribunal
de un pensar que rememora, esto es, que piensa junto a por intermedio
de la celebración. La celebración es el tributo del
pensar como celebración conmemorativa y no el mero hacerse
presente de un pasado trascurrido o concluido.
El pasado es para nosotros entonces lo que no deja de venir a nosotros
en la celebración y a conminarnos a pensar para hacer posible
la promesa de un morar serenamente en esta tierra.
Ningún verdadero escritor escribe al azar, arbitrariamente
o solo como exaltación de un nombre.. La escritura que es
laberinto, pasadizo, misterio, es el día de un dialogo inconcluso.
El de un lector que espera ver reproducida su imagen en el espejo
infinito de una escritura , que solo cumple parcialmente su destino
en el inquietante desciframiento de una lectura, que es y será
el fundamento de todo dialogo, la posibilidad de todo prójimo,
el hoy de toda diferencia, el fundamento de todo pensar conmemorativo
y de toda celebración pensante.
En una época oscura por demasiado clara, en una época
donde la claridad de la razón puede ofuscar la visión
y enceguecer el pensamiento, la literatura debe ser el día
de una tarea anónima, -toda verdadera escritura lo es -,
sencilla y humilde a la vez, en la cual hoy como hace siglos el
hombre y en el él espíritu-, buscar hacer de la tierra
una morada de paz para la especie.
Este fin de milenio conmina pues no solo a una escritura complaciente
desde el punto de vista de la estética o de los mercados
que pueden reducir todo a lo neutro, a lo trivial-, sino a una escritura
pensante. Esto es conmemorativa , celebrativa, y no solo militante
o combativa. Este no es solo un día en que se magnífica
una tarea, o una misión. Este es un día es que se
reconoce y se acepta una tarea. Y con ello todos sus peligros. La
confusión de los demás, la ignorancia, la indiferencia
o lo que es más peligroso aún - y es el abismo que
nos pertenece-, la posibilidad de desaparición de la escritura
como forma o fundamento de nuestra percepción de lo real,
de nuestras cosmovisiones del mundo, de nuestras cosmogonías
pasadas o futuras.
En este lugar debe velar el escritor. No hay tumbas pero tampoco
hay cunas. Es un lugar de transición, un anochecer, un alba,
una confusión del animo. Es tal vez por primera vez una nueva
forma de ser llamados por escritura y su terrible pasado. Es tal
vez el único modo de conservar el pasado a través
de la destrucción creadora, para fundar en la celebración
conmemorativa del pensar, algo más que un estar reunidos
transitoriamente, esto es para que pensemos y escuchemos unos con
otros, unos junto a otros, la voz de aquello que constituye la esencia
de la memoria - la escritura-, y que no deja en la hora de mayor
peligro de venir a nosotros, porque es apelación, porque
es gracia que requiere de nosotros algo más que un pasajero
deleite, un apretón de manos transitorio o una promesa de
futuro instalada sobre la utopía de un paraíso realizados
a traves de la planificación y el calculo.
La escritura es noche y no poder, pero es también humildad
y recogimiento y es combate sin sosiego. A las medidas del no poder,
de la humildad y el recogimiento de la celebración conmemorativa,
debemos, nosotros escritores, encomendar el destino del mundo. La
globalización totalizadora y homogeneizadora, es la otra
cara de la fragmentación y el extrañamiento. Ambos
son la plenitud la carencia, el nihilismo pleno en cuanto obstructor
y no destructor. Y allí donde crece lo obstructor nada puede
construirse. Mientras el azar de la escritura como guerra y destrucción
de lo pasado sean recepción del porvenir y permanezcan a
nuestro lado, en el peligro, “como peligro mismo”, sin
nosotros saberlo ni buscarlo, crecerá también la posibilidad
de salvación.
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