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ABADDÓN
O EL APOCALIPSIS SEGÚN SÁBATO
Ensayo reelaborado por Oscar Portela
Luego de actualizado el movimiento
por el caos, la naturaleza, llena de culpa, acaso para liberarse
de la mala conciencia, invento al artista. Aquí nacen los
misterios de Eleusys. La tragedia, en la cual el artista, mediante
la representación, o movimiento y drama, expulsa de si los
monstruos que la naturaleza ha depositado en su seno exorciza el
mal y ordenado, el caos mediante la danza gozosa del ditirambo,
dejando relegada la voluntad deéxtasis dionisíaca,
que al afirmar el dolor en medio de la tempestad, glorifica la existencia
en pos de la luz de la apariencia ejemplificada por la serenidad
celeste de Apolo.
Glosando dicho operativo, Nietzsche pudo decir: "Tenemos el
arte para no morir de la verdad". Hasta aquí lo que
el mismo llamaría luego, prejuicio teleológico en
la interpretación estético-moral de la que el hombre
seria víctima acaso por predestinación metafísica.
Tratase en efecto del triunfo palmario de las fuerzas reactivas
sobre el campo activo de las mismas, que inficiona la visión
del mundo proyectada desde siempre en el terreno del arte y !a filosofía.
Mas tarde volvería Nietzsche en su lucha contra el nihilismo
según los cánones de la hermenéutica genealógica,
a procurar el triunfo de Dionisos sobre la mentira apolínea;
es decir, sobre la justificación estética del mundo
dada a luz en su obra "El origen de la tragedia en el espíritu
de la música". Se explica así que Nietzsche llamara
a los artistas raza de histriones, conforme a su manera de jerarquizar
tipológicamente los fueros humanos. Nunca sin embargo este
hombre que exalto el pesimismo de la fuerza, el fatalismo liberador
dionisíaco, el nihilismo activo, frente al nihilismo pasivo,
dejo de sentir como equívocos, solo explicables según
aquel esquema arriba presentado (a mi juicio) preferido.
"El deseo de destrucción, de cambio, de devenir puede
ser la expresión de una fuerza demasiado preñada de
porvenir (como es sabido, mi término para
indicarlo es la palabra dionisíaco); pero puede ser también
el odio de los fracasados, de los renunciadores, de los mal formados,
que destruye, debe destruir, porque lo que existe, toda existencia,
y hasta cada ser les indigna y les excita".
Y más abajo Nietzsche explica cómo el eternizar puede
por otra parte, así en el arte clásico no el de Winkelman
o Lessing, derivar de: gratitud y de amor; un arte que tiene tal
origen será siempre un arte de apoteosis, acaso ditirámbica
como Rubens, feliz como Hafis, clara y bondadosa como Goethe, difundiendo
un homérico resplandor de gloria sobre todas las cosas; pero
puede ser también aquella tiránica voluntad de quien
sufre gravemente, que sobre la particular idiosincrasia de su propio
sufrimiento, sobre lo que es más personal, particular restringido,
querría imprimir el sello de una ley y construcción
obligatoria y que por decirlo así, se vindica sobre todas
las cosas sellándola con su propia imagen, con la imagen
de su propia tortura, marcándola con el hierro candente.
Este último es el pesimismo romántico en
la forma más expresiva: ya sea como filosofía schopennhaueriana
de la voluntad, ya sea como música wagneriana".
En el phatos romántico está efectivamente trazada
la óptica de la tiranía, de los efectos; óptica
patológica deformante, que tipifica esta pregunta, clave
de la gran metafísica tipológica y genealógica
estudiada por Deleuze en Nietzsche: "detrás de la oposición
entre clásico y romántico ¿no se ocultará
la oposición entre lo activo y lo reactivo?". Nietzsche
concluye: "debe comprenderse que a todo gusto clásico
corresponde una cantidad de frialdad, de lucidez, de dureza; sobre
todo la lógica, la felicidad en las cosas intelectuales,
las "tres unidades", la concentración, el odio
contra el sentimiento, la sensibilidad, el sprit, el odio contra
lo que es breve, agudo, ligero, bueno; no se debe jugar con las
fórmulas artísticas: "se debe forjar la vida
de modo que se deba formular después".
La óptica romántica, hija de la interpretación
teológica moral de la vida que se halla en la base de toda
gnoseología y de toda estética como tal, se relaciona
con la conciencia de culpa y falta y temor místico, hallada
en el origen de la frase más antigua dicha en los umbrales
del clareo de la civilización occidental:
"Desde donde las cosas tienen su origen, hacia allá
tienen que perecer, según la necesidad, pues tienen que pagar
pena y ser juzgados por su injusticia, de acuerdo con el orden del
tiempo". Este sentimiento de expatriación, de apatridad
de lo uno, conforma en efecto la pasión estética del
artista romántico, sojuzgado por imperativos de culpa; por
la morbosa fascinación de lo monstruoso, del caos, de la
beance.
Dentro de esta tradición se ubican inequívocamente
los desbordes del irracionalismo moderno; surrealismo, existencialismo,
dadaismo, vitalismo, futurismo, abogan por una vuelta a los orígenes.
Así se trazan los caminos para una vida a punto de extinguirse,
por obra de la monstruosa camisa de nexo de la razón, de
la ciencia, de la tecnocracia y el materialismo a que nos ha conducido
la razón desbocada; máquina tortuosa y diabólica
de una realidad autodestructiva. Dentro de éste esquema de
corrosión de cánones, en la que el artista, creador
omnipotente de una realidad a la que forma imprimiendo el sello
de un mundo jerárquicamente organizado en sus contornos ónticos,
se desarrolla la historia de la novela. En esta categoría
literaria el arte había encarnado un conato supremo; la fuerza
del artista operada en su capacidad de recrear el mundo desde el
sujeto (subjetum), exorcizando los simulacros a través de
máscaras llamadas caracteres. Hasta aquí los abismos
humanos habían sido doblegados por la voluntad de forma de
logos.
Y ahí comienza nuestra historia humanizado el mundo mediante
la puesta en practica del logos, dominados los fantasmas según
figuras alegóricas en los cuales el artista sublima sus tinieblas,
este existe allende las mismas, como Dios supremamente libre respecto
a sus criaturas. Es entonces cuando estos poderes adquieren autonomía
primitivamente hundidos en las tinieblas, domados por el hombre
en el proceso de humanización de la naturaleza, se vuelven
contra él.
Esta rebelión de lo humano autónomo contra el hombre
forma parte de la ultima zaga trágica de la historia. Había
que dar cabida nuevamente a los monstruos, vueltos contra el artífice
de una civilización que expulso los poderes de la vida: según
las ortopedias de una lógica inhumana. He aquí el
instante en que los caracteres reclaman su paternidad respecto al
creador. Las máquinas célibes, el cuerpo sin órganos,
respecto al Urstaat de las sobrecodificaciones que descubriera Deleuze
en "Anti Edipo-Esquizofrenia y Capitalismo". Es el momento
de una rebelión sin precedentes donde el artista debe reconocer
sus personajes como momentos de un estadio elevado de la voluntad
de poder, en la cual se subliman los desdoblamientos del alma (enchufes,
cortes, flujos y cortes de flujos), según la humanización
de la naturaleza a la cual pertenece el hombre como entidad teleológica.
Hay filósofos que teorizan antes de la creación del
mundo, como dioses. Otros en el momento de la creación, dice
Girardot enfrentando Hegel a Nietzsche: la filosofía de la
plenitud del circulo, a la del drama del movimiento. Cabría
agregar aquellos que filosofan sobre el filo de la destrucción
de lo creado, en el instante supremo y totalizador del Apocalipsis.
Estos, de la misma manera que los segundos, filosofan desde adentro
de la vorágine o el vértigo de la aventura de lo real
- como lo posible - y acaso mas que aquellos, entran en dependencia
con el destino de los demás entes, sujetos a la suerte tanto
del mundo real especulativo, como al de la ficción de lo
imaginado. Bohëme hacia depende la suerte de Dios del destino
del hombre y su posibilidad de salvación. Si el Creador quiere
salvarse debe pues salvar al mundo por ÉI creado, postulado
en el que coincide Nicolai Berdiaiev, en su acerba crítica
del Dante. En esta suerte de harakiri del acto libre creador se
advierten las huellas de la conciencia protestante de pecado, aguzada
por Kierkegaard y tipificada por Trakl. Bohëme dice explicando
la dialéctica en la que el mundo del amor nace por mediación
del odio; la luz por mediación de las tinieblas: "Si
ha de haber luz debe haber también fuego"; la luz encierra
en si misma el fuego, es decir, su naturaleza, y habita en el fuego.
Y Unamuno, influido por la mística protestante presagiando
el drama de Abaddón dice:
"Mira señor, mira que mi alma no ha de ser libre, mientras
quede algo esclavo en el mundo que hiciste" y termina "el
alma en que tu vives..." "serás en ella esclavo".
QUE
ES ABADDON?
Abaddón es un inmenso confesionario en medio
del Apocalipsis donde se reproduce la confesión mas larga
y dolorosa de que tenga memoria la creación contemporánea:
el acta de testimonio de una impotencia fecunda en sus catastróficos
resultados. El creador mediatizado por sus personajes ingresa al
vórtice de la ficción, la cual se abre como una tercera
dimensión de lo real donde se potencializa la sensación
de abismo sobre la cual se edifica lo existente. De ahí la
solidaridad ontológica del creador que ingresa al plano de
una ficción, en paralelismo de parigualdad metafísica,
mientras los personajes ejemplifican desdoblamientos sucesivos de
personalidad, o caracteres múltiples que en realidad son
uno; siendo las demás negatividades tercas extraídas
de la realidad cotidiana, "desajustadas" por la sátira.
No hay ya "ser" o soberana presencia detrás de
la ficción; los personajes - pulpos de una hidra gigante,
existen solo independientemente en diagrama de mediaciones dialécticas,
como crecimientos y tentáculos de una misma obsesión
devoradora. Solo Unamuno antes, jugándole una pasada a Pirandello,
había planteado tragicómicamente el problema de paternidad
del personaje sobre el autor. Así en "Como se hace una
novela", se aprestaba a morir a manos de su personaje cuando
este acábese de leer su novela. Pero si Unamuno era espejo
de su yo llamado U. Jugo de la Raza, Sábato hace explotar
su yo, y lo condena a la servidumbre de las mediaciones de sus personajes,
como multiplicaciones del yo, o carnaval viviente de obsesiones
en un proyecto esquizofrénico de destrucción del mundo.
Así lo cotidiano adquiere la dimensión monstruosa
de signo providencial, oculto bajo el ropaje del engaño.
Abaddón es una obra limite escrita sobre
un muro que separa la realidad de la ficción. Si "El
túnel" era el poema del agnosticismo del yo como laberinto
y "El informe sobre ciegos" una metáfora alucinante,
Abaddón, ronda la dimensión de la parábola
religiosa, destroza la ficción como capacidad simbólica
de hipostasiar un mundo o describirlo fenomenológicamente,
y condena a su creador al exilio de una realidad pasible de ser
descrita o elaborada programaticamente, dejándolo en libertad
de llegar a la obra clásica creadora de un mundo, ordenadora
de la luz de los arquetipos y jerarquizadora de esencias, según
la nueva hermenéutica del sentido.
Profecía y confesión dolorosa. Novela
nocturna conforme a la dicotomía filosófica en la
que funda Sábato su estética caos-razón; medio
día-hora del lobo. EI arte debe dar testimonio de las tinieblas
que la realidad esconde en un abrazo de evidencia desgarradora entre
el creador y el mundo en el cual se halla este comprometido y arraigado.
Desde este punto de vista, geometría y ciencia son solo cobijos
metafísicos en los que el hombre se resguarda del tiempo,
mientras el arte testimonia tiempo, hambre de inmortalidad, conato
de eternizar lo momentáneo, pues... "¿quien sino
un hombre que tiene los intestinos llenos de mierda puede inventar
el mito de la caverna?". Aquí la vieja dicotomía
termina de aguzar sus limites. Ni la razón, ni la irracionalidad,
ni ambas unidas, pueden dar testimonio de los limites metafísicos
del hombre. Tanto los seguidores de Nietzsche; Deleuze, Foucault,
Blanchot, Derridá, Trías y Heidegger, por distintos
caminos lo han verificado. Y es que el irracionalismo con el cual
se intenta rescatar los mensajes primitivos de la vida, es solo
consecuencia de los abusos de una razón que oculta en sí
el origen de negaciones, que en vez de sobrepasarla, la hace dependiente
de si misma.
Sensación de derrumbe trakleano y sensación
de soledad física cristiana a diferencia de Nietzsche, que
en el despedazamiento de Dionisos veía la posibilidad de
la vida, la pluralidad multiforme y la posibilidad de la mascara
No hay acuerdos con la esperanza; tal vez por ello no se mienta
la teoría tomista del cuerpo contraria a la visión
trágica y amarga de la vida, constante en Sábato,
paliada solo a veces por una apelación a lo heroico (la saga
trágica del Che) - hoy convertida en satira de mercado- aparentemente
a un sentido noble de humanidad- que oculta la dispora internacional
y la desapariciòn de los Estados Naciones, convertidas en
colonias desde donde se ejerce el trafico de lo màs horrendo
que a contemplado la humanidad en su historia.
No es este sentimiento de derrumbe el que asedia a Bruno Bassan,
un Sábato ficticio, pero con todas las características
de este, frente a la muerte de su padre? Bruno Bassan devorado por
la obsesión de la inutilidad, pero nostálgico sobreviviente
de esta expedición hacia la locura. Si Sábato creador
termina destruyéndose metafóricamente, "Bruno
se salva para testimoniar su paso a través del mundo de los
hombres". Aunque hoy Bruno es ya solo, una salva de ucronìas
que caen hacia el abismo.
No es casual que Sábato cite en varias oportunidades
a Pavese. Este escribió sobre el horror de envejecer, sobre
la caducidad de la vida y el castigo inmerecido de la muerte. Sábato
ha definido Abaddón como una novela nocturna. Y es que durante
la noche los seres arriban a develar sus ocultas potencialidades.
La luz es aquí ocultamiento. También Bergman hizo
hincapié en la hora del lobo. En cambio Hitchcock demostró
en "Vértigo" las posibilidades extremas de la luz
como modo de operar el rescate de lo cotidiano y su dimensión
de espanto. Sábato define a la novela como una ontofanía.
La revelación de un todo donde luz y sombra en las visiones
del artista, llegan a adquirir el valor de documentos intransferibles
cobrando la dimensión de categorías lógicas.
Sin embargo, es menester advertir que toda obra de arte, si bien
funda la historia como temporalidad y destino del ser, se halla
minada por una concepción del mundo y de la vida, estructurada
históricamente en forma de metafísica y coronada en
forma de humanitas. Es entonces una ontofanía relativizada
por la historia, aun mas cuando se corre el riesgo de abusar de
la luz o las sombras, como reveladores fotográficos. Sin
embargo ninguna otra teoría estética se acerca a definir
mas y mejor el arte. "Un Dios no escribe novelas", dice
Bruno. Sábato recuerda a Hölderlin "Somos dioses
cuando soñamos y mendigos cuando estamos despiertos".
Cuan lejos del ramplón realismo de los escritores
que buscan formar un arte nacional conforme a herencias históricas
y geográficas pero que lejos también de los anticuarios
formalistas o los lógicos platónicos del objetivismo
moderno. Ontofanía donde luz y sombra develan la duplicidad
de lo real, lo uno que es lo otro, lo real y su mascara infinita,
no ya como aventura de la escritura sino como destino del mundo.
La realidad habla por boca de Abaddón. Es
cuando Sábato afirma: "Una combinación de Kant
con Jerónimo Bosch, de Picasso con Einstein, de Rilke con
Gengis Kan. Mientras no seamos capaces de una expresión tan
integradora defendamos por lo menos el derecho de hacer novelas
monstruosas". Abaddón lo es: dominada por un pluralismo
gnoseológico, abre el abismo de lo real como infinitas formas
de aprensión, de relación de estas aprensiones y diversas
relaciones entre novela y novelas; entre personajes-autores y autores-personajes.
Acá la negativa de Sábato a nivolizar
frívolamente, se me antoja la negativa de Artaud a conceptualizar
sus estados perceptivos hasta tanto no se restaure la vida en plenitud.
Abaddón es una suma. Una hidra vuelta contra
si misma donde el creador es vejado y cuestionado, satirizado y
perdonado por sus tentáculos personajes, y por fin destinado
a sucumbir imposibilitado de comunicarse aun con aquel sí
mismo real que lo precede "soy yo - lo explico -. Pero permaneció
inmutable con la cabeza en las manos. Casi grotescamente se rectifico.
Soy vos. Pero tampoco se produjo ningún indicio de que el
otro lo viera o lo oyese". Enfrentado a la paternidad de sus
demonios el creador sucumbe a ellos. Esta novela esta dedicada a
los puros: así Sábato mantiene sus personajes en la
lucidez desesperada que Camus pedía para no manchar la rebelión.
Poblada por seres reales que adquieren a veces ribetes de cínica
irrealidad, Abaddón es la radiografía de la ficción
como el ser de lo real, cuando el mundo esperaba lo que hoy, es
solo nostalgia.
A mitad de camino entre el monólogo del ensayo
y el mono-diálogo de la novela, Abaddón es la novela
de la novela o sea una meta-novela: la novela del limite de la novela.
A través de mascaras bufonescas Sábato logra una visión
apocalíptica sin precedentes del desorden institucionalizado
por la civilización contemporánea.
A veces Abaddón se resiente de encabalgamientos
entre la especulación teorética y el estado de videncia
en estrecho abrazo con la realidad que Sábato pide para conformar
su ontofanía. Es que Abaddón renuncia a objetivizar
almas. Las suyas permanecen como "él" con respecto
a ellas, en estado de dependencia de espejos enfrentados que proyectan
la sensación del infinito y del vértigo. Por eso Abaddón
carece del valor documental del Karamazov dostoievskiano. En éste
los personajes filosofan desde si. En Sábato repiten a Sábato
y a él se quejan de un estado de deyección en un mundo
que no habían pedido. Y es que Abaddón es una obra
limite; un desquite de Sábato contra una realidad insoportable
que hincha hasta lo monstruoso.
Abaddón es el tumulto de que habla Sábato hecho novela.
Meta-ficción montada sobre un dualismo ya superado que corona
el esfuerzo de la especulación filosófica occidental
de miles de años. La obra de Sábato es por un lado
el canto de cisne de una cultura critica-filosófica, y por
el otro, la posibilidad de un nuevo tipo de gnosis; de discurso
novelístico a través de un nuevo tipo de lectura de
la realidad: he aquí rescatado el discurso fragmentario,
los flujos descodificados que atraviesan la realidad multiplicándola
hasta el infinito. Abaddón es la ejecución del orden
finisecular de todos los entes, porque significa el derrumbe de
una hermenéutica y de una metafísica, como maneras
de concebir el tiempo de las cosas, consagradas como civilización
occidental, que representa solo el"horror vacuì"
del desierto que crece.
Sábato, despreciador del mundo osificado del literato profesional,
abogador de un sano BARBARISMO UNAMUNIANO, es un humanista que oscila
entre la esperanza desesperanzada y la tentación de la traición
del suicidio que diría Marcel. Hasta aquí se ha exilado
de la luz exiliándonos, con el a un turbio nihilismo posromántico,
cuya sentencia es la de una meta-demonologia.
A partir de Abaddón quedan abiertas las puertas para una
teofanía del milagro de la luz positiva, en la afirmación
creadora del ditirambo de la obra clásica. |