Sobre La Ermita de Oscar Portela
Por Alejandro Drewes
Oscar Portela en la transparencia que permite la asunción de todo lo efímero del vacío de la Historia a bordo de una barca que se hunde irreversiblemente. Y el poeta serenamente y lejos de toda estridencia y de recursos confesionales al uso que agiganten inútilmente su tragedia personal, dice más sobre un estado de gracia que sobre sí.
Esa ermita brilla como lugar del retiro tras apartar toda la inútil hojarasca. Esa que existe materialmente y no existe o que existe en tanto haya esa precisa mirada que la sepa revelar
Voz de profeta en el desierto del mundo que da testimonio de la devastación de los tiempos, del paisaje electrónico y las almas errando en la procelosa noche, de la fatuidad de los diosecillos tecnolátricos, y del conocimiento vacuo y definitivamente mercantilizado y su tribu de tristes adoradores.
Escritura en la que el lector pecibe naturalmente al despojamiento en el gesto simple y cotidiano de comunión con lo verde y que asume la paradoja del ínfimo ser que se piensa a sí mismo y la supera en el fluir de esas cristalinas aguas que no dejan de cumplir su ciclo en el flujo y reflujo del Universo.
Poema cuyas sombras se proyectan sobre la luz acotada del día en su arco descendente, con palabras que alcanzarán su destino en el espejo de esos anónimos Otros.
Alejandro Drewes
Buenos Aires, febrero del 2008
La Ermita
(II Parte del Ofertorio de Brumas)
A Abel Posse y Graciela Maturo
En mitad del desierto está
La ermita. Ni ascensores al cielo
La acompañan ni malévolos “diábolos”,
Perturban su soledad a prueba
De sensores que detecten la proyección
De espectros o sepulcros
Hundidos en los espejos ilusorios.
Aquí la abyección del Santo
Halla la calma que le negara el mundo.
Aquí solo imágenes vivas se proyectan
Sobre la lente de un alma viva
Que procrea – estéril - hijos para la eternidad
De aquesta nada que muerde las orillas
De las huellas efímeras del día.
Aquí el infierno se fue al infierno
Que alberga el duelo de ser yectos- desnudos
Y libertos - dueños de nuestras osadías
Y verdugos de nuestra sombra
Y la de Otros.
La ermita siente todo aquello que proviene
De afuera y lo repele: tres pisos y un III B
En mitad del desierto de lo humano.
Que es lo humano el desierto y no el silicio.
Y a ella no llegan los mendicantes del espíritu
Ni los volantineros de la nada
Ni los hackers que borran los deseos,
Ni las hechicerías de los magos
Ni los castos doctores del saber.
Aquí la soledad su melodía el piano y la luna
De otoño con sus vastos recuerdos son el agua lustral
Con los que riega el poeta sus helechos
Que son los ángeles que pueblan
La Eternidad Efímera Del Día.
Oscar Portela
17 de febrero de 2008

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