Golpe a los pobres
Fuente: diario "Río Negro"
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su marido suelen justificar su actitud vengativa hacia los productores rurales acusándolos de querer enriquecerse a costa de los pobres, pero sucede que hoy por hoy el mayor fabricante de pobres es el gobierno mismo. Al tratar la inflación como si fuera una ficción inventada por sus adversarios políticos, los Kirchner permiten que siga reduciéndose cada vez más el ya magro poder de compra de los diez millones de personas que ya son pobres según las pautas oficiales o no tardarán en serlo. Es verdad que hay "redistribución de la riqueza", como dicen los voceros gubernamentales, pero los beneficiados son aquellos empresarios que tienen motivos concretos para aplaudir las medidas oficiales, los afiliados a sindicatos fuertes que están en condiciones de conseguir mejoras salariales constantes y buena parte de la clase política, mientras que los perjudicados son quienes no cuentan con las mismas ventajas puesto que tienen empleos mal remunerados o dependen de lo que pueden conseguir de la inmensa economía negra.
Por ser de origen obrero él mismo, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva siempre ha entendido muy bien que la inflación es el peor enemigo de los más pobres, razón por la que cerró los oídos al canto de sirena de los políticos e intelectuales supuestamente progresistas de clase media que le aseguraban que sería mejor tolerar un índice más alto para que la macroeconomía creciera a un ritmo más rápido. Aunque la negativa de Lula a arriesgarse conviviendo con la inflación molestó mucho a los impresionados por la diferencia entre la tasa de crecimiento brasileña y la argentina, sobre todo a los lobbistas industriales de San Pablo, en su país la brecha entre los más pobres y los demás se ha hecho menos ancha que antes y la economía en su conjunto está llamativamente mejor preparada que la nuestra para hacer frente a los desafíos que la aguardan. Mientras que a juicio de casi todos los especialistas Brasil ya ha iniciado una etapa que podría prolongarse por muchos años de expansión sostenible en un marco de estabilidad financiera relativa, la Argentina pronto verá el fin de la racha que siguió a la debacle con la que comenzó el milenio y entrará en una fase sumamente turbulenta en la que los más golpeados serán los ya pobres o indigentes y quienes apenas logran mantenerse a flote.
Según las estimaciones de consultoras privadas y de organismos académicos independientes, el año pasado aumentó la cantidad de los que se encuentran por debajo de la línea de pobreza oficial por hasta 1.500.000, mientras que se prevé que este año otro medio millón compartirá su destino, llevando el número de pobres a aproximadamente 11 millones. Que esto esté ocurriendo cuando la tasa de crecimiento macroeconómico sigue siendo muy elevada no sólo es alarmante sino que también significa que la "redistribución" de la que hablan los Kirchner es regresiva. Aunque los grandes productores de soja están claramente entre los ganadores, nadie supone que el país esté experimentando una transferencia masiva de recursos desde los habitantes de las zonas urbanas hacia el campo. Si bien sería lógico que ello sucediera porque en nuestro país la agricultura es eficiente y por lo tanto competitiva, a diferencia de la industria, en que muchos sectores dependen de subsidios directos o indirectos, escasean los pueblos del campo que naden en la prosperidad.
Un gobierno decidido a hacer de la Argentina un país más equitativo no podría sino dar prioridad a la lucha contra la inflación que, además de amenazar el crecimiento, depaupera día a día a los más necesitados, pero parecería que los Kirchner se han convencido de que el crecimiento macroeconómico es una panacea, de ahí su oposición furibunda al "enfriamiento" planteado por quienes señalan que sería mejor crecer durante décadas al 5 ó 6% anual que lo que sería disfrutar de un año más de expansión mayor seguido por otro colapso espectacular. Tal y como están las cosas, pronto no será cuestión de elegir entre el crecimiento febril con inflación por un lado y una tasa menor sin tantas presiones inflacionarias por el otro, ya que el enfriamiento tendrá lugar a pesar de los esfuerzos denodados del gobierno por impedirlo.
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