EL TERROR SOLO ABRE LAS PUERTAS AL HORROR
DICE OSCAR PORTELA

I PARTE

Irene Villa González
Arturo Larrabure
Clotildo Barrios

SEMINARIO SOBRE TERRORISMO DE CELTyV Argentina Buenos Aires

INVITACIÓN ESPECIAL A UNIVERSOPORTELA
DISERTANTES Y TESTIMONIOS

Irene Villa González

(Madrid, 1978) es una periodista española de prensa escrita y radio. A los doce años sufrió un grave atentado terrorista, en el que perdió las dos piernas. Hasta 2007 fue delegada en Madrid de la Asociación de Víctimas del Terrorismo.

Hija de la funcionaria de la Dirección General de la Policía María Jesús González. A los doce años (17 de octubre de 1991) sufrió un grave atentado con coche bomba (autoría de ETA) en la calle Camarena del madrileño distrito de Latina, al producirse el estallido de una bomba adosada al vehículo en el que viajaba, camino del colegio, con su madre. En dicho atentado Irene perdió las piernas y tres dedos de una mano. Su madre perdió una pierna y un brazo.

Ese mismo día, ETA había asesinado con otra bomba-lapa al comandante del Ejército de Tierra Francisco Caballar. Y por la tarde, mutiló gravemente al comandante de Infantería Rafael Villalobos. Los etarras José Javier Arizkuren Ruiz, Kantauri, y Soledad Iparraguirre, Anboto, están acusados del atentado que sufrieron Irene Villa y su madre.[1]

Irene Villa es licenciada en Psicología, Humanidades y Comunicación Audiovisual. En 2004 escribió un libro, «Saber que se puede», en el que plasma su experiencia y sus reflexiones. Es columnista de prensa, y colabora en distintas emisoras de radio.
Se ha manifestado repetidamente en contra de cualquier negociación con ETA y del proceso abierto por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

UN FALLO LAMENTABLE

Cuando la justicia toma partido por los terroristas

En Argentina, las víctimas del terrorismo, son desconocidas por las autoridades gubernamentales, quienes en su afán de no contar la historia como realmente ocurrió, tal vez para favorecer a determinados sectores implicados en ella o para continuar con un problema que los argentinos arrastramos desde hace más de 30 años y que en el resto del mundo es tema superado… las conjeturas son muchas, pero los hechos hablan por si mismos.

El día viernes 21 de diciembre, los diarios de la República Argentina , amanecieron con la siguiente noticia “Los delitos cometidos por los Montoneros no serán investigados. La Cámara Federal porteña resolvió que los asesinatos cometidos por la organización guerrillera Montoneros no son crímenes de lesa humanidad ni crímenes de guerra, por lo cual son prescriptibles…”. Se refiere esta noticia al proceso judicial iniciado hace algunos años por sobrevivientes de la Bomba en el Comedor de la Policía Federal (visitar nuestro artículo del 5 de mayo de 2007, donde relatamos el atentado terrorista), donde murieron asesinados por Montoneros 24 argentinos y resultaron con heridas 66 personas más.

Los jueces actuantes, conocen que la categoría de Lesa humanidad, no es aplicable a nada de lo realizado durante los años 70, tanto sean agentes del Estado como terroristas, sin embargo, como los delitos supuestamente realizados por agentes del Estado también están prescriptos, desde el 2004 en adelante hemos escuchado en forma persistente y continua, que los militares cometieron delitos de lesa humanidad, en una verdadera adaptación jurídica de lo afirmado en el Estatuto de Roma, el cual impide su aplicación retroactiva como expresamente lo dice en su articulado. Para comprender lo que implica Lesa Humanidad, recomendamos leer el artículo de la Dra. Villarruel “Lesa humanidad el delito que no es”.

Allí dice “Los delitos de lesa humanidad, fueron definidos recién en 1998 por el Estatuto de Roma e incorporados al derecho doméstico en el 2001 por la ley 25390, estos delitos se cometen contra población civil, tanto por los agentes del Estado (militares, policías o funcionarios) como por las organizaciones terroristas. Lesa humanidad es un delito que no se comete contra el oponente, allí en todo caso sobre los prisioneros de guerra, y en un contexto de guerra, pueden llegar a cometerse crímenes de guerra”.

Ante el doble estandar jurídico que presenta el Poder Judicial es que las víctimas del terrorismo a través de decenas de causas judiciales solicitamos gozar de los derechos humanos que en el resto del mundo se le otorgan a las víctimas integrantes de la población civil y no combatiente y que en nuestro país detentan gran parte de los victimarios que ocasionaron el daño del cual continuamos sufriendo.

De qué manera se comprende que continúe la causa judicial por la muerte en combate del oficial montonero y periodista Walsh y que las víctimas de la Bomba en el Comedor de la Policía Federal , cuyo autor intelectual fue Walsh no gocen de sus derechos a la Verdad , la Justicia y la Reparación , porque los Jueces de la Sala I de la Cámara Federal , consideran que es un delito común?

Podemos afirmar que en Argentina existe Justicia? ¿Existe imparcialidad? ¿Existen DDHH?

 

EDITORIAL DEL DIARIO LA NACION

"TODOS LOS MUERTOS MERECEN TENER UN LUGAR EN LA MEMORIA"

Las víctimas del terrorismo, olvidadas.Su mirada es limpia, profunda, dulce. Pero habla con la fuerza de los que se comprometen más allá de la comodidad y el aplauso. La contemplo en su juventud hiriente, bella, frágil, y algo parecido al sentido materno me inspira un instinto de protección que nadie me ha pedido. Sin embargo, Victoria Villaruel no desea ser protegida, sino escuchada, y su causa fluye por su verbo atropelladamente, casi sin aliento, quizás acostumbrada a tener pocas oportunidades para ser oída.


Estamos en el vestíbulo de los despachos de un amigo, y cuando Victoria ha acabado su explicación, la atmósfera se torna densa. Me dice, con el hilo de una tristeza infinita: “¿Nadie me escuchará?”. Noto un rasguño en la conciencia.

Me habla de mujeres que murieron un día cualquiera, caídas bajo balas que no llevaban sus nombres; ellas acompañaban a sus maridos, a sus hijos, a sus vecinos. Me habla de esa niña de tres años, la primera víctima.

Me habla de Patricia Gay, de sus padres asesinados ante su mirada adolescente, de su suicidio posterior. Me habla de jóvenes soldados, salidos de la pobreza norteña para ganar una comida caliente y unos pesos seguros. Jóvenes del pueblo más llano, asesinados bajo la etiqueta de “enemigos del pueblo”.


Me habla de ese periodista… y de la bomba..., y de tantos, y la muerte se acumula en la estancia con la temible fuerza arrolladora que la define.

Fueron cientos, la mayoría asesinados antes de la dictadura, víctimas de una revolución que clamaba por la vida, pero hincaba sus pezuñas en el odio. En esta Argentina torturada, cuya dictadura sangrienta, malvada y feroz dejó un reguero de sangre, dolor y rabia, existieron víctimas distintas de las víctimas oficiales, víctimas que no tienen su lugar en la memoria, ni reciben el aplauso oficial, ni salen en las lágrimas públicas.


Víctimas que aún se esconden por los rincones de la clandestinidad, como si fueran responsables de su propio asesinato, como si, por haber sido escogidas para morir, tuvieran culpa. Víctimas convertidas en victimarias. Esas víctimas reclaman, desde la oscuridad del olvido, su hueco en la historia de la Argentina. Y , sin embargo, aún no lo tienen.

Me dicen los amigos: te metes en un hormiguero. Sin duda, sobre todo porque soy una extranjera pisando minas de tiempo, y si los propios argentinos aún no han hecho las paces con su memoria –su memoria al completo–, ¿quién es nadie ajeno, para venir a pasar cuentas?

No es ésa la arrogancia de este artículo. Al contrario, parto, si me permiten, de un ejercicio de autocrítica severo y humilde. En España tardamos mucho en descubrir que la maldad del franquismo no justificaba otras maldades.

Luchamos como supimos –mal y a destiempo– por recuperar unas libertades que llegaron cuando el dictador murió en la cama. Durante esos largos años de persecuciones, cárcel, exilio y muerte, todo lo que se escondía bajo el paraguas del antifranquismo merecía la etiqueta de heroico y de justo.

Y así, nos tragamos el malvado sapo de las bombas de ETA, hicimos borrón a los desmandes trágicos de la República , olvidamos a las víctimas del otro lado y convertimos la realidad española en un mapa maniqueo de buenos y malos.

Por supuesto, el franquismo fue, como toda dictadura, intrínsecamente malvado, y nada justifica ni uno solo de sus abusos, sus atropellos y sus violencias. Mi familia, en este sentido, sabe muy bien de qué hablamos. Pero ni todo fue heroico en el otro lado, ni todo fue justo, ni todo es justificable.

Muy al contrario, bajo la noble pancarta de la lucha por las libertades, se escondieron discursos y personas que nunca amaron a la libertad, pero que la usaron como eficaz y violenta excusa. El ejemplo más atroz de ello han sido las víctimas de ETA.

Durante años, y hasta bien entrada la democracia, los familiares de las víctimas de ETA tenían que esconderse bajo los rincones de la vergüenza y el silencio, no reconocidas por casi nadie, culpables de haber merecido la diana que un etarra cualquiera, desde su zulo de muerte, les había pintado. Me avergüenza decir que la sociedad española fue largamente injusta con las viudas, los hijos, los amigos, todos los que perdieron a un ser querido, a causa del terrorismo vasco.

Y si abrimos el melón de los actos violentos de la guerra civil, aún cuesta, en el lado progresista, reconocer a las monjas, a los curas, a los disidentes que las patrullas revolucionarias mataban en las noches de saqueo, mientras gritaban “¡muerte a Franco!”.

Ser meridianamente claro en la denuncia de la maldad de una dictadura nunca puede implicar amnesia con la propia responsabilidad, desprecio a las otras víctimas, las que generó el bando “amigo” y, sobre todo, justicia de doble moral. Ese error trágico, malvado para todos los que sufrieron, lo cometimos durante décadas.

¿Cuál es el error que cometen ustedes, los argentinos? Por supuesto, ésa es una pregunta cuya respuesta sólo puede surgir de los propios argentinos. Pero me atrevo a sugerir algunas ideas críticas, quizás abusando del amor por este país y de la complicidad que he ido tejiendo con su historia.

La primera idea fundamental es que no hay víctimas buenas y víctimas malas. Las víctimas lo son integralmente, más allá de quiénes apretaron el gatillo.

La víctima de una dictadura no es más víctima que la que cayó bajo las balas de un grupo de terroristas, decididos a imponer, con la violencia, sus ideas revolucionarias.


Perpetrar todo un edificio de memoria y dignidad, expulsando de ese edificio a una parte sustancial de los que cayeron, es construir sobre barro. Peor aún, es intentar hacer justicia con cimientos injustos.

Si, además, se abre en canal el pasado, se juzga a los criminales, se levantan las amnistías, pero todo ello se hace con la mirada tuerta, sólo hacia un lado de la balanza, entonces se consolida otra forma de maldad. No se hace justicia. Se perpetra venganza.

Ya sé que a estas alturas del artículo, muchos se sentirán escandalizados. “No es lo mismo un dictador, que un revolucionario”, gritarán indignados. No. Son dos formas distintas de violencia. Pero ambas dos son violencia. Nadie dio permiso a los militares para secuestrar, asesinar, torturar a centenares de personas.

Ello es tan evidente, que no está sometido a discusión, y no puede quedar impune. Sin embargo, ¿por qué es tan difícil afirmar que tampoco, nadie dio permiso a un grupo de iluminados para que se fueran a las montañas, mataran a decenas de personas y crearan un clima de terror?

Mi amigo Iván me cuenta cómo aprendió, de niño, a tirarse al suelo, cuando jugaba en la calle y aparecía, por la esquina, una furgoneta negra. Ese clima de terror en nombre de una revolución, cuya ideología era totalitaria, ¿quién tuvo el permiso de crearlo? ¿Quién les dio permiso a los Firmenich para decidir la muerte de padres, hijos, maridos de decenas de argentinos?.

Y, si ello es así, ¿cómo puede construirse el futuro sobre una parte de la memoria trágica ignorando, ninguneando, despreciando a la otra? ¿Cómo pueden quedar impunes los “otros” crímenes, los “otros” culpables?

“Sólo queremos que nuestras víctimas existan como víctimas.” Sólo un rincón en la memoria. Victoria Villaruel preside el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas y, hoy por hoy, su lucha es casi clandestina.


Por no tener, no tiene ni derecho a visita oficial, señalada como apestada por una dirigencia que ha decidido reescribir la historia con renglones torcidos. ¿Su culpa?


Recordar que, más allá de las víctimas caídas bajo la maldad tiránica, existieron víctimas caídas bajo la maldad revolucionaria. Y ese recuerdo es, según parece, un anatema, quizá porque determinada izquierda ha impuesto la inmoralidad de la doble moral. Una forma de mentir sobre la Historia.

Hay víctimas, pues, en esta Argentina que tanto habla de víctimas, que no tienen quién les escriba. Pero están ahí, sin ojos, sin manos, sin recuerdos, sin palabras. Están ahí, y sus silencios pesan como si fueran gritos.

 

 

 

   
         
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