Tesis
DOCE MESES EN EL LIMBO
Por JAMES NEILSON (Revista Noticias)
Al igual que los demás países, la Argentina ha tenido algunos gobiernos fuertes y algunos que fueron muy débiles. En el año que está por despedirse, logró combinar las dos variantes. El gobierno formal, por llamarlo así, de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, cumplió un papel que fue decididamente modesto, ya que su autoridad se vio acotada por la del gobierno real, el encabezado por un ciudadano privado que no desempeña ningún cargo en el Gobierno, pero que a pesar de dicho inconveniente ha podido tratar al país como si fuera su feudo personal.
Sin preocuparse demasiado por las opiniones de su esposa, durante el 2009 Néstor Kirchner pudo nombrar y echar a ministros y secretarios, castigar sin misericordia a los “traidores”, repartir entre gobernadores provinciales obedientes, empresarios amigos y grupos “sociales” afines cantidades inmensas de dinero, manejar a discreción la economía nacional, seguir guerreando contra el campo “oligárquico”, procurar arruinar a diversos medios periodísticos, en especial a Clarín, cambiar drásticamente las leyes electorales y hacer muchas cosas más. Aunque a veces pareció que Cristina quería liberarse de la tutela de su cónyuge avasallador, sus esfuerzos en tal sentido fueron a lo sumo simbólicos. Merced a la pasividad acaso quejosa de la Presidenta formal, Néstor pudo actuar con mayor libertad, y más arbitrariedad, que cualquier dictador militar reciente.
Para los historiadores futuros, pues, el 2009 habrá sido el año en que la Argentina, frente a la opción de resignarse a la hegemonía insolente de Néstor y rebelarse sin alejarse de las reglas constitucionales, eligió soportarla con malhumor creciente –“crispación”, se decía– con la esperanza de que tarde o temprano se haría valer la voluntad mayoritaria. Por su parte, Néstor hizo gala de su creatividad política notable para demorar la erosión del poder que había construido luego de instalarse en la Casa Rosada en mayo del 2003 gracias al apoyo de apenas el 22 por ciento del electorado. Consciente de que el tiempo obraba en su contra, el mandamás decidió adelantar cuatro meses las elecciones legislativas, mudándolas del domingo último de octubre a aquel de junio, so pretexto de que, para citar a su portavoz, Cristina, de que convendría superar “el escollo” así supuesto para enfrentar el tsunami financiero que se había abatido sobre el planeta. Por fortuna, el impacto del desastre internacional sobre la Argentina no fue muy grande. En el corto plazo por lo menos, el Gobierno consiguió aprovecharlo atribuyendo las desgracias económicas locales a la malignidad sin límites del “mundo”, aunque con escasas excepciones se debieron a los errores perpetrados por Néstor, comenzando con el supuesto por su decisión miope de ningunear la inflación.
Ya antes de empezar el año, se había difundido la certeza de que “el ciclo kirchnerista” estaba terminado y que el país tendría que prepararse para la etapa “poskirchnerista”, pero la realidad se las arregló para decepcionar a los convencidos de que el fin del reinado santacruceño era inminente. Como no pudo ser de otra manera, Néstor llegó a la conclusión de que virtualmente todo le sería permitido, de ahí la ecuanimidad con la que dejó trascender los detalles sobre la evolución asombrosa del patrimonio que comparte con su esposa. En seis años de gestión conjunta, los Kirchner lograron multiplicar por 21 su fortuna privada, si es que los números que se han difundido oficialmente cubren todo lo acumulado desde que se instalaron en la Casa Rosada, lo que es poco probable. Los amigos del poder, trátese de ex chóferes o empresarios movedizos, no les quedaron a la zaga. De haber sido la Argentina un “país normal”, el enriquecimiento fenomenal de una cohorte de personajes estrechamente vinculados con el gobierno nacional hubiera resultado más que suficiente como para asegurarle a Cristina un juicio político y a su esposo uno común, ya que hasta hace una semana carecía de fueros salvadores, pero la oposición, aterrorizada por el espectro del caos, asumió una postura extrañamente comprensiva.
A sabiendas de que lo último que querían los líderes opositores era asumir la responsabilidad de gobernar un “país en llamas”, Néstor logró intimidarlos amagando con abandonar el poder en cualquier momento, llevando a Cristina a cuestas, para que se hiciera cargo el odiado vicepresidente Julio Cobos. Tal táctica le sirvió para desequilibrar a los muchos que soñaban con la eventual transformación de Cristina en una Presidenta normal a la que podrían ayudar a llegar a diciembre del 2011 sin demasiados contratiempos, pero que no encontraban el modo de poner fin al protagonismo belicoso y a su juicio muy destructivo de su marido.
Los optimistas imaginaban que todo cambiaría después del 28 de junio, día en que el electorado bonaerense le asestó a Néstor una bofetada brutal. Para el ex presidente, el resultado de la elección en que se vio superado por el peronista disidente Francisco de Narváez fue muy doloroso porque había invertido tanto capital político en su intento de congraciarse con los votantes. Fue suyo el truco supuestamente genial de llenar la lista que encabezaba con “candidatos testimoniales”, entre ellos el gobernador bonaerense Daniel Scioli y el entonces jefe de Gabinete Sergio Massa, además de una recua de intendentes del conurbano, con el propósito de impresionar a la gente con el poder y esplendor del equipo kirchnerista. También echó mano, como es su costumbre, a los recursos del Estado Nacional. Y como si todo eso no bastara, alistó a la Justicia para que ayudara a hundir a De Narváez involucrándolo en el asunto turbio de la efedrina, o sea, de la presencia en el país de cárteles narcotraficantes originarios de otras partes de América latina. Pero a pesar de todo, perdió.
Los festejos de la oposición se apagaron pronto. Lejos de dejarse amilanar por un revés que según las reglas políticas habituales debería haberlo convencido de que había llegado la hora de batirse en retirada y prepararse para las batallas legales que con toda seguridad le aguardan, Néstor emprendió una contraofensiva furibunda. Conforme a su interpretación particular de los resultados electorales que en opinión de los demás mostraron que la mayoría estaba harta de su prepotencia, decidió que en realidad lo que la ciudadanía quería era más de lo que llama su “modelo”. Y, puesto que el viejo y ya poco representativo Congreso continuaría funcionando por cinco meses más, en la segunda mitad del año Kirchner se divirtió impulsando una serie de proyectos de ley osados. Para que Clarín aprendiera de una vez a respetarlo, se las ingenió para privarlo de su lucrativa rama audiovisual; mientras que Cristina se jactó de “liberar” de las garras del monopolio los goles del domingo “secuestrados”, dijo, como los desaparecidos durante el Proceso militar. Para humillar aún más a la dueña de Clarín, Ernestina Herrera de Noble, los parlamentarios obedientes aprobaron una ley destinada a hacer compulsiva la extracción de ADN de los presuntos hijos de personas asesinadas por la dictadura.
Asimismo, Kirchner logró que los legisladores dieran el visto bueno a una reforma electoral que a su entender podría favorecerlo al forzar a los disidentes peronistas a competir con él en internas abiertas. En verdad, es poco probable que el PJ, una organización pragmática si las hay, se arriesgue encolumnándose detrás de un candidato cuyo índice de aprobación es inferior al 18 por ciento y sigue bajado, pero, lo mismo que Carlos Menem diez años antes, Néstor sabe muy bien que le es esencial mantener viva la ilusión de que pueda estar en el poder por muchos años más, de modo que por las dudas les convendría a quienes aún son sus partidarios seguir apoyándolo.
Para los líderes del variopinto archipiélago opositor, el espectáculo brindado por Néstor y por su mujer ha sido desconcertante. Aunque en su conjunto cuentan con el respaldo del grueso de la ciudadanía, sus líderes no han sabido cómo reaccionar. Cuando por fin se reunió el Congreso renovado por las elecciones de casi medio año antes, para indignación del oficialismo los izquierdistas nostálgicos, progres centristas por lo común relacionados con el radicalismo, peronistas antikirchneristas y conservadores moderados que conforman la oposición lograron cerrar filas, pero muy pronto comenzaron a exhibir sus fisuras, al atacar Elisa Carrió con su vehemencia habitual a Cobos, entregarse a una nueva interna los radicales y alejarse los peronistas bonaerenses de sus hasta entonces socios macristas, heridos estos por un asunto de espionaje turbio. Para Lilita, los resultados electorales fueron un baño de agua fría; la lista que confeccionó fue superada por la del izquierdista nacionalista Pino Solanas. Aunque parece haberse recuperado anímicamente del choque que recibió, es una presencia perturbadora en el universo opositor.
Al acercarse a su fin el 2009, pues, Kirchner tenía algunos motivos para creer que por ser el caudillo de un bloque compacto sería capaz de sobrevivir a las tormentas que se prevén para el 2010. Puede que se trate de una ilusión y que, la caja vacía y esfumada de su propia popularidad, le resulte imposible recuperarse, pero en vista de que en su caso la alternativa más probable al poder omnímodo es la cárcel, seguirá luchando hasta el final por todos los medios disponibles.
Con los ojos puestos en la próxima elección presidencial, durante los doce meses últimos los distintos precandidatos, convencidos de que lo que el país quiere es moderación, sensatez y la voluntad de buscar consensos, han estado más interesados en diferenciarse de los Kirchner que en procurar obligarlos a respetar las reglas explícitas e implícitas del juego democrático. Hasta ahora, Cobos viene ganando la carrera: con la ayuda inestimable de los kirchneristas, cuyos ataques repetidos le dan más oxígeno, sigue siendo el político más popular del país y ha mantenido la buena imagen que le supuso su célebre voto no positivo en el Senado.
En cambio, Scioli pagó un precio abultado por obedecer humildemente las órdenes de su amo; todo es posible en el confuso mundillo político local, pero parecería que por un rato se verá excluido de la lista de presidenciables. En Buenos Aires, se ha visto remplazado por De Narváez, aunque por haber nacido en Colombia sería necesario modificar la Constitución para que pudiera aspirar a algo más que la gobernación provincial. También tiene derecho a soñar su aliado circunstancial Felipe Solá.
En cuanto al santafesino Carlos Reutemann, sigue siendo presa de las dudas hamletianas con las que le encanta mantener en vilo a sus compañeros peronistas. El suyo es un caso curioso; si aceptara postularse y emprendiera una campaña presentable, estaría en condiciones de luchar por la presidencia, pero por motivos es de suponer psicológicos prefiere no comprometerse. La indecisión congénita de Reutemann exaspera al ex presidente Eduardo Duhalde, que, arrepentido de haber entregado a los Kirchner las llaves de la Casa Rosada, está procurando reapoderarse del aparato peronista que capturó el santacruceño cuando su estrella se acercaba a su cenit.
Para la oposición no peronista, el 2009 ha sido un año a un tiempo frustrante y promisorio. La muerte del “padre de la democracia”, Raúl Alfonsín, sirvió para que la ciudadanía prestara más atención a los méritos del radicalismo que a sus deficiencias; ya es factible que regrese al poder después del hundimiento definitivo del kirchnerismo y, con él, una parte del peronismo. Con todo, aunque el ex y futuro radical Cobos es el presidenciable mejor ubicado, sería un error subestimar la capacidad de sus correligionarios para desaprovechar una oportunidad inmejorable para reconciliarse con el electorado.
Por JAMES NEILSON, PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”. | Ilustración: Pablo Temes.
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