CLAROSCURO
Oscar
Portela
poemas
2000 - 2004
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“Al anunciar lo que es tal como es, una cuestión saluda
el nacimiento de la prosa”
Jacques Derrida
“La finalidad de todo, oh hijo, está en el gran
Zeus/el la pone donde él quiere. /El hombre es sin
sentido. /Siempre vivimos sólo un día y no
sabemos/ como terminará dios con un mortal. /
Entre tanto nos alimenta la dulce engañadora, la
esperanza”
Sermónides de Amorgos
Siglo VII antes de Cristo
“Para
el niño que hay en el hombre la noche
sigue siendo la costurera de las estrellas,
al aproximarlas unas a otras”
“Serenidad” de Martín Heidegger
la
tentación del abismo en la obra de
Oscar Portela
ensayo de
Graciela Maturo
Oscar Portela pertenece también en su talante vital y en
su obra toda, a esa legión que no solo es americana sino
que reclama el derecho a serlo plenamente. Esto no lo priva, sino
que por el contrario lo obliga a un diálogo permanente con
el mundo de las ideas, a una elaboración profunda, desde
su acá, de toda incitación filosófica y de
todo estímulo creador. Su confrontación con el deconstructivismo
de Jaques Derridá, será pues una confrontación
creativa, poética, capaz de extraer de su ejercicio dialéctico
abierto a últimos confines de la razón su cuota instauradora
de sentido, su nueva "imago mundi".
Oscar Portela, con el talento y la creatividad profunda que viene
desplegando en su obra, recobra órficamente el valor genesíaco
de la tiniebla, no para gozarse en un universo sígnico despojado
de realidad, sino para incorporar plenamente a su visión,
el polo negativo.
He dicho de él - y lo han afirmado otros -, como de Ramponi,
Castilla, Solá González, que son poetas nacionales
por venir de su región, sin que esto se entienda como un
mero apuntar a lo descriptivo o lo folklórico.
Hay un pensamiento en la poesía de Portela como la hay en
la de Novalis, Goethe, Huidobro, Neruda, Molinari. Un pensar hecho
de intuiciones, percepciones, afectividad, pulsión, intelección.
No es la suya la vía de un tanteo onírico o de una
vaguedad sensorial, sino la riqueza de un intelecto amoroso que
no renuncia en ningún momento a la tarea de comprender. Ejercicio
activo de la memoria-desmemoria, del saber- que acrecienta el no
saber, del juego de la presencia y de la ausencia.
Lo diurno y lo nocturno alternan vivamente en la poesía de
Portela; digamos que en sus últimos poemas, se inscribe decididamente
en la vertiente nocturnal. Y no es la primera vez que asoma lo nocturno
en su poesía. La noche, la oscuridad, la ausencia, la concavidad
del no ser, es un latido permanente en los ritmos con que este lenguaje
se manifiesta.
En esa entrega total al conocer y al ser, no puede eludirse el paso
por los infiernos, la morada en el desierto de donde se vuelve con
la aridez de la pérdida o con la riqueza del encuentro. Es
la salida a lo abierto, el momento de riesgo que significa entrar
en lo vedado.
El caso de Portela nos autoriza a pensar que no es América
el ámbito donde los signos se fecundan en el antí-logos
de las superficies textuales que se entrecruzan como diría
Kristeva, sino el lugar auroral donde las escrituras se consumen
y se consuman, es decir, se realizan.
Discípulo de Nietszche, Heidegger, Derridá, Deleuze,
Blanchot, Klossowsky y Bataille, Portela da aliento a una deconstrucción
arrasadora, acepta el desafío de las cifras, se hunde en
la babélica superposición de los discursos, pulveriza
los signos de infinitos lenguajes.
Espera finalmente el "golpe de gracia " de la imagen final,
el poder de los nombres y enfrenta audazmente lo demoníaco,
en un trance de desnudamiento absoluto. Se desnuda de velos y redes,
del recuerdo y la voz, de los colores y de los ritos. Pretende dejar
de lado cuanto a existido, su palabra y vivencia, para albergar
en si la no-vida de las escrituras, la concavidad de la muerte,
el Eros sombrío de las nupcias con la nada.
Una apetencia de absolutez lo lleva a la frecuentación de
abismos, transposiciones, migraciones, autodestrucciones, de las
que sale vivo, renovado, ave fénix. Oscar Portela percibe
claramente como el poema mismo es vida y muerte, construye su propio
sarcófago formal que es necesario cerrar y abrir continuamente
porque esos nombres a de borrarlos el "adviento".
Un estudio de la expresión poética de Portela mostraría
la naturaleza ritual y religiosa de su lenguaje, donde se manifiesta
permanentemente la búsqueda del Uno, la realización
de una minuciosa liturgia, la intensidad de la plegaria, que asume
también la forma de blasfemia.
El suyo es un verbo incandescente que expresa el dolor de la noche
de la razón. La voluntad del Angel Exterminador que tiene
sed de absoluto y despojamiento. Se propone buscar algo más
que el "acuerdo de los sonidos y las natalidades", avanzar
más allá, en la negación de la negación
misma y se ofrece como víctima, canta a las bodas con la
muerte purificadora: "muerte que nos proteges contra el exilio
del cielo", como un ángel maldito entregándose
a un destino inexorable.
Su pasión, como toda pasión intensamente vivida, es
salvadora. La intensidad amorosa de la entrega lleva en sí
misma su escala de reencuentro. Se siente despeñarse al ritmo
musical del versículo, se percibe el jadeo de ida y vuelta
en el trabajo poético, se descubren tesoros que la marejada
viene a depositar en la playa.
La lucidez del poeta es el primer ejemplo del vigía que atiende
a cada dádiva del mar: " nada abolirá el movimiento
del azar". Aunque Oscar Portela haya tomado sus impulsos más
íntimos de los filósofos citados, su impulso más
profundo le viene de su propio lenguaje, de una cultura que es muerte
y resurrección de una tradición cuyo padre es Orféo;
en este punto el canto mismo se hace escala salvífica.
Las palabras, las imágenes, son el hilo de Ariadna que han
permitido al poeta héroe sobrepasar las orillas de la desmesura,
para ofrecernos una obra que es al fin sólo el cuerpo, el
sema, las huellas de la aventura poética.
La palabra de éste gran poeta Argentino, es siempre una palabra
plena, es decir el signo de una vida interior incesantemente fecundada
por la pasión y la inteligencia. Se da en ella un doble movimiento
de fuga y pertenencia que nos hace pensar en aquella metáfora
marechaliana del pez en el anzuelo.
Fuga hacia lo abismal y abierto, hacia la nada que atrae con la
fuerza de un sol oscuro, y es también una de las formas de
lo sagrado. Pertenencia al mundo encarnado, a la tierra, a la corporeidad
destinada a sentir sus dones.
Protagoniza así ese retorno al Origen que Heidegger llama
Khere y que no puede ser comprendido simplemente como vuelta, ni
tampoco como regresión, sino como transformación espiritual
y apasionado reclamo del sentido de la vida.
Se trata de la conversión del poeta a su ser más profundo,
del despertar del yo trascendente, cuya búsqueda era, según
Novalis, la más profunda tarea del artista.
Así las imágenes, desgranadas en escala semántica
y musical, se ofrecen como escalera de realización, siempre
en camino de ida y vuelta, entre el tiempo y la eternidad, entre
el ser y la nada, entre el goce del mundo y el sordo llamado de
la muerte. El poema es remanso de felicidad en que se revela la
plenitud del instante, y es a la vez el hueso en que la sed vuelve
a despeñarse inagotable.
La obra espléndida de Oscar Portela pertenece a la poesía
americana con sus mejores fueros. Tiene el carácter ritual
de una ofrenda en que el oficiante va desvelando el misterio cósmico
y la secreta ambigüedad de su propio rostro.
Un duelo interminable dicta estas elegías que se desempeñan
como una cascada lacerante de gemidos y plegarias, doradas por los
resplandores del ser que se oculta entre detritus arrastrados por
el tiempo. El poeta correntino entrega a la música las notas
amargas de su interrogación por la aventura del vivir, del
conocer, amar, y morir, en una petición de absoluto que expresa
la sed viceral del viajero sobre la tierra. Su poesía adquiere
el valor de balance vital, testamento, pregunta que cala hasta lo
profundo del ser, despedida del mundo y de sus dones. Es también
un reclamo por la dignidad del hombre.
Oscar Portela sé autoconfigura como el existente que ha llegado
a una meseta de desolación, perdido el bagaje de los deseos
y esperanzas que dan sentido a la vida. Su memoria, que arrastra
briznas del Paraíso de la infancia, agitado por el viento
de los palmerales y el amor de la madre, se siente ahora mutilada
y golpeada por huracanes de cenizas.
“Sólo soy un pasajero del hambre” –dice-
“Y aquello que alabé, aquello innominado que ilumino
mi verbo y acaricio mi alma con las dulces promesas de los frutos
más dulces, escarnio fue y castigo, y condena y exilio de
mí mismo y del tiempo que hice temblor y canto”. ....
Su mirada solo advierte ahora “sal en los sembrados donde
vertí mi sangre, pobres temblores y aleluyas, pobres hosannas
caídos en la indigente estéril tierra de mi patria!”
Apocalíptica conciencia de destrucción del mundo,
intensa noción de la finitud, reclamo ante el Dios oculto
y silencioso.
Las elegías que componen sus últimos libros desgranan
con lúgubre pasión el sucesivo vaciamiento del amor,
el deseo, la esperanza, la voluntad de vivir. Vedme, espectral en
sueños, despedirme del canto con que aromé mis horas...
sentencia Oscar Portela en ambigua afirmación sobre la poesía.
Las palabras, negadas e imprecadas, que siguen siendo el nexo del
poeta con el origen y el sentido. Rodeado de sinrazón, penetrado
por el sentimiento de vacío y ausencia, la palabra es todavía
el humus sagrado en que el rapsoda mora, se expresa, muestra sus
llagas, reposa. Látigo u consuelo, el canto sigue siendo
una tierra más real que la tierra que se destruye ante sus
ojos. No nos extrañe pues que las palabras sean el centro
de la meditación de Oscar Portela, oscilante entre la búsqueda
del lenguaje y el retorno a una realidad preverbal.
Afrontar la destrucción de la palabra, el desgajamiento del
nombrar adherido a su corazón.” Ay de vosotras, garzas
voladas por el agua del deseo, a qué llamar por mí,
en mi nombre de muerto, pues quien respondería y en nombre
de qué imágenes a las visitaciones que ahora me reclaman
desde un presente sin presente? “.Las palabras se revelan
inconsistentes, lejanas a la presencia que las funda, lejanas a
toda certidumbre. Sudario, naufragio, ausencia virtuales del blanco
y del azul que recuerdan a Mallarmé, imágenes de lo
no imaginable, pueblan el mundo de Portela , tenso entre los polos
del Paraíso perdido y la destrucción del Fin de los
tiempos.
Desde el sentimiento de la absoluta soledad rememora los días
felices, los goces, los paisajes liberados a su fragilidad efímera,
los seres amados. Pero la poesía, desde antiguo, halla en
sí misma su propia respuesta y recompensa. El puro acto de
confiar a la palabra la desolación y él vació,
comienza colmarlo con la furia descendente del verbo. Misterio de
la creación, diálogo con lo absoluto emprendido por
el poeta – demiurgo que alcanza el nivel de su propia develación.
Surge en su propia voz la visión abarcadora del cosmos que
desborda su propia e incomprensible belleza. Y el desgarro existencial
llega a engarzarse en visiones deslumbrantes de epifanía.
Oscar Potela nos entrega, con el gesto de un dios exiliado y rebajado
del reino, y con implícita alusión a la larga dinastía
órfica de los poetas que en Occidente han compartido la herencia
mítica y la lucidez critica dentro del poema. Su espléndido
lenguaje surge denso de originalidad, riqueza semántica,
fluidez coloquial y profusión imaginística. Portela
utiliza expresiones como desta o questa, dignas de Garcilaso; incluyen
vocablos poco usados como por ejemplo zureo o peto, sin caer en
alambicamiento; varía infinitamente el método de la
metáfora en actividad creadora que no osaríamos reducir
a un conjunto de “recursos poéticos”. La poesía
que alcanza es lanzada en el alto nivel de la oda o la elegía
y participa de una energía musical que pone en marcha conjuntamente
a la inteligencia, la sensibilidad y la imaginación.
El poeta asume constantemente la primera persona, en afirmación
lírica del yo, y al mismo tiempo se configura como sujeto
omnipresente: Es sombra, espectro pasajero, temeroso y osado coreuta
de los dioses, desalojando de mí desterrado, conterrado,
pantera, tigre. Se identifica con Orfeo buceando en el misterio
del tiempo, descendiendo al Hades, descubriendo en la música
de su flauta el sentido de su propia vida y muerte.
Víctor Hugo escribió con sabiduría: A quoi
tener I`abyme? Attendons: Oscar Portela se entrega a la angustia
existencial, crea su verso desde la pasión y el desgarro,
renace desde las cenizas de su muerte como el fénix mitológico,
a través del canto.
Hoy asistimos a los signos manifiestos de su madurez vital en el
dolor y la oscuridad de una experiencia límite, que con los
poemas de “Claroscuro”, alcanza a poner a prueba sus
propios límites.
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