Un grito por Bruno Ganz

Ondskan

La Ética en tiempos de Penuria: Victimas del Cuarto Poder, o de la inextinguible llama del nazismo

Algo acerca de "El Jardinero Fiel"

Homenaje a Michael Caine

Aplausos para un futuro sir Rupert Everett

Crazy, un film de Jan Marc-Valle

Kazán y los estados alterados

Las cuatro patas de una narración cinematográfica

Brando, una despedida que no es tal

Duelo por Kate Hepburn en todo el mundo

Homenaje a Albert Finney

Adios, Antonio Gades, Hidalgo de los escenarios flamencos

Bergman el mago de faró nos dice Adios

 

Kazán y los estados alterados
por Oscar Portela

Nazismo, fascismo, chauvinismo, son ismos, en apariencia fáciles de definir, en ellos se encarna un concepto ingenuo del mal, al que todos tememos y que, para la circulación de consumo masivo, se reduce a las dos caras de una misma moneda sin paridad cambiaría : totalitarismo e intolerancia .
La cosa va más allá sin embargo, desde el punto de vista de una clínica de los afectos.
El miedo del otro, que siempre es parte de uno mismo,- en el trasfondo del inconsciente y de sus jeroglíficos verbales - , es esencialmente horror de uno mismo reflejado en el espejo del otro.

Pero siempre resulta más sencillo simplificar las cosas y encarnar el mal, en alguno de los aspectos (los más visibles? ) de éste. La delación, por ejemplo, nos resulta, - a pesar de conllevar el aspecto de una cotidianeidad que nos convierte en sus vecinos próximos y casi siempre complacientes -, un acto repulsivo y condenable sin atenuante alguno.
Debe preguntarse sin embargo, si la delación - más allá de los compromisos personales - , no forma parte de una cadena más complicada de los intereses que conforman una cultura, y los poderes estaduales que conforman a éste.
La democracia - lo vemos todos los días -, no solo no elimina el derecho del más fuerte sino que lo disimula bajo normativas de una juridicidad, que trata vanamente de enlazar los encontrados ámbitos de ley y justicia.
El totalitarismo del Estado moderno, - en el cual la figura del delator es ya innecesaria e innocua - , merced a la esencia de la técnica que es la suya propia, a hecho el todo visible. Exterioridad e interioridad, vida privada y publica, ceden al dominio de la totalidad que las comunicaciones satelitales y las comunicaciones vía chips, han establecido férreamente en tomo al mismo concepto ya antiguo de seguridad de estado o de mercados.
Este y no otro fue sentido de la guerra de medios desatado en torno a Microssoft.
Todavía no se puede permitir que el gran ojo de un genio de las realidades virtuales, pueda liquidar mercados y así las seguridades nacionales, con solo viajar a velocidades de maus, por el pequeño planeta tierra.
Las paredes oyen, es ya una frase anticuada y todos lo sabemos. Sin embargo, el temor hacia la figura del delator causa todavía indignación y escándalo, cuando ya el ismo totalitarismo, nos muestra claramente que las viejas y arcaicas formas del nazismo, se ocultan tras una realidad, tal vez anodina, pero no por ello , menos mortal que los campos de concentración.

EL ESCÁNDALO KAZÁN
Elía Kazan es para los amantes del cine, nada menos que el director de "Nido de ratas", o "Un tranvía llamado deseo", entre otras obras cumbres del séptimo arte, y el hombre que plasmó en la pantalla el sueño americano de un teatro propio, encarnado en el método elaborado por Lee Strasberg, prototipo a su vez del yanky soberbio y luchador.
Las carreras de ambos coincidieron y Elía fue - quizá - el mejor propagador de las enseñanzas del maestro. Lo que Lee olvidó decirle a Elía, -en los trágicos días en que la Paradójicamente Hollygood ya se habia pronunciado tempramamente sobre esta plaga, Cuando en 1935 otorgara el oscar de mejor actor protagonico, al actor Victor MacLanglen, por su interpretación de un delator en el clasico de John Ford, “El Delator”.
En aquella temprana epoca en que la depresion economica ( que no es otra cosa que la baja Inmune de una cultura determinada, de un pacto social determinado ) hacia estragos, la casa de brujas comenzaba.

Los Harry Cohn, los Edgar Hoover, etc., no fueron inventados por Goebbels ni menos, soñados por Rohm. Tampoco – podriamos agregar, - el cardenal Spellman – o el mismisimo cuidadano Hersth, Total que todos se equivocan y el mismisimo Winston Churchill, elogiaba a Hitler como el patriota que Necesitaba Alemania para dar batalla a los tiempos de crisis.
Que tiempos quedan siempre para corregir los ángulos de visión o replantear las estrategias globales de alianzas, con las cuales enfrentar enemigos comunes.
Aunque Stalin no viera en Hitler jamás un enemigo, hasta el momento en que los panzer comenzaron a desplazarse sobre territorio soviético. Así que las fronteras se desplazan, confunden, y ( no se trata de relativismo sino de realismo ) , el mal no se encarna fácilmente, ni aun en la figura del delator. El delator Elia Kazan por ejemplo.

ÉTICA Y ESTÉTICA
Martín Ritt retrató ejemplarmente en "El testaferro"- que de eso sabemos los correntinos más que nadie en el mundo-, (película en la cual trabajaba junto a Woody Allen, el magnifico Zero Mostel, quien en la realidad fuese una dé las víctimas de la persecución encabezada ya en las décadas del 40 y 50 por el senador MacCarthy ) las angustias de una sociedad presa del pánico, y de las trampas y artificios jurídicos de la cuarta enmienda de la Constitución Americana, que paradójicamente recordaba las pruebas a las que sometía el tribunal inquisitorial, a los acusados que no tenían escapatoria : si hablo me salvo pero soy culpable, si no hablo no soy culpable pero soy el “delator”.
De que la delación - no deseada con seguridad -, formó parte de la patología política de la sociedad norteamericana, no cabe la menor duda, pues se trata de la misma sociedad que construyó campos de concentración para japoneses con ciudadanía norteamericana, como modo de así evitar las angustias de las sorpresas equivocas. De que la delación fue parte de esa psicosis colectiva que obligó a Chaplin, Wélles, Losey - entre otros -, a buscar refugio a Europa, tampoco cabe duda.
De que Elía Kazan, delató a sus, amigos guionistas, actores, directores, acerca de presuntas simpatías filocomunistas, es un hecho que nadie discute y - hoy más que nunca -, nadie parece olvidar, cuando la Academia parece decidida a compensar sus aportes al séptimo arte con un Oscar honorario. .
Pero, aunque responsable en parte de desgracias particulares, es responsable Kazan de haber pertenecido a una sociedad profundamente enferma, en la cual son pocos los que están libres de otras y no menos honerosas culpas, y de haber cedido al terror que el absolutismo de lo colectivo, ejerce en personas no suficientemente fuertes para soportar la compulsión de lo que amenaza con descomponerse y entonces necesita de súbditos y convictos?

La estética no está reñida con la ética. Pero no siempre ambas conviven en una misma esfera. No es así. No en la vida de tos seres humanos. Y la indignación que circula en Hollywood (Rod Steiger, Kirk Douglas etc.), por este merecido homenaje a un gran artista, nos retrotrae a la necesidad que tiene toda sociedad de exorcizar sus temores, buscando un castigo ejemplar sobre una figura fácilmente detestable: el delator. Soto que ahora éste delator se llama Elía Kazan.
La delación, - ahora que todos somos visibles y sospechosos -, ahora que Billy Gates ha ganado la batalla, no deja de ser un pecado venial. Tal vez también la genialidad lo sea, y ambas aún más, cuando juntas conviven en una misma persona. Pero se trata de la condición humana. Y una basta zona de penumbra rodea ésta zona. La zona.

Elía Kazan es ya pasado como hombre y aún será mañana cono cineasta. Cuando la estatuilla llegue a sus manos, no se le debe castigar con el silencio ni con declaraciones moralistas. Se debe callar con humildad, porque todos llevamos sobre la frente, el estigma de esta condición. La humana. Y ella constituye ya un castigo que debemos sobrellevar, lo más digna y pulcramente que podamos.

 
           
       
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