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Brando, una despedida que no es tal
por Óscar Portela

Marlon Brando jamás tomó en serio la tarea del actor como un Olivier. Eso no quiere decir que fuera un irresponsable. Fue sí, muchas veces -más allá de los principios que mantuvo durante toda su vida-, un tanto desagradecido con un arte que da la posibilidad de desdoblarse y dar de sí, más de los que otros pueden dar. A él le cupo la responsabilidad, desde Benedeck ("El Salvaje") de romper con un estereotipo de actuación en Hollywwood, representado por Stewart, Grant y otros: fue también cruel con Strasberg y supo solo agradecer su formación a Viola Ruber, con la cual hizo un compinchaje que no se rompió nunca. No hay más allá de Brando, actores mejores, pero sí los hay de su estatura, y Gilgud, filmando el Julio César de Mankiewicksz le dio unas lecciones. No le fue bien en Londres en Teatro.
El solo admiró -una rareza- a Paul Muni, un actor a quien hoy no conoce nadie bien. Brando fue y será un personaje que pocas veces fue más allá que cuando le guió la mano de Kazan en "Un tranvía llamado deseo", pero su enorme
capacidad de liderazgo, y los manierismos que supo crear, lo convirtieron en un icono, que los más jóvenes -ya no tan jóvenes- nunca podrán superar. A pesar de sus caídas últimas, como cuando fue dirigido por el viejo Frankenheimer en "La Isla del Dr. Moreau".
A Marlon, que vivió tragedia tras tragedia, no le importarán tanto las lágrimas, como no le importó recoger un Oscar: pero a quienes lo vivimos en "El último tango", al que Dassin le rindió un homenaje en "Grito de mujer", su cameo en "Apocalypsis Now", y su caracterización en "El Padrino", clásicos como "Nido de ratas", su caracterización de Zapata, todo lo que dio, incluso sus declinaciones como Napoleón en "Desireè" y tantas otras, tenemos la seguridad que ya no veremos a otro Marlon Brando que a aquél que muy joven se negó -por motivos particulares- a trabajar en teatro con la famosa Tallulah Bankead.

 
           
       
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