Las verdaderas putas del cine
por Oscar Portela
Para ser una verdadera “puta” no basta ejercer la profesión sino ser “intrínsecamente mala ” o “irredimiblemente mala”.
Se equivoca Feinmann al nombrar a Garbo en Margarita Gautier – está más cerca con Dietrich y con acaso con Hayward, pero en todas estas damas arde el deseo siempre de la redención. Existe y titila en ellas la necesidad de redimirse como en la Taylor de “Una Venus en Visón” de iniciar un nuevo amanecer en sus vidas.
No están intrínsecamente podridas. Cuando nombra a la Davis de “La Mujer Marcada” se equivoca más aún: ella aquí es el prototipo de la mujer noble que se sacrifica por el futuro de una hermana y que ayuda a destruir – poniendo en peligro su vida – una red mafiosa: se trata de la verdadera historia la de Luchy Luchiano.
Si en cambio se refiere acaso a la primer gran “puta” de la historia del cine: una "puta sin redención" y "una hija de puta manipuladora y destructora" (lo que no se repitió jamás en la historia del cine) debió haber nombrado sin dudar a la Davis de “Servidumbre humana” dirigida por Lloyd Bacon.
Su actuación es acá como en otras oportunidades y como antecedente de la asesina y “puta” de “Barreras infranqueables” absolutamente definitoria del alma de estas mujeres.
Aquellas que nombra luego hasta llegar a la Roberts o la Kidman no tienen piné para ser hijas de puta: interpretan sí y a veces bién.
Pero acaso en “Fuegos de Verano” la Moreau tenga lo necesario para dar intensidad a este tipo de personajes perversos y tanto auto como destructivos.
Y acá ya no valen las moralejas de lo que se quiso y no se pudo ser.
Davis aceptó el desafío cuando todas las "estrellas se negaban" y triunfó como la prostituta barriobajera de "Servidumbre Humana" en 1935.
El público quedó aterrorizado pero ella triunfó para la crítica y en 1938 ganaba su primer Oscar.
Oscar Portela |